Se
detuvo cuando alcanzó el umbral del Monte Pelado. Al asomarse
escrutó el nuevo entorno que
se abría ante sus ojos.
Le pareció enorme y oscuro, tanto que por un momento se le congeló
la sangre. Sin pensarlo dos veces, inició el descenso. En un
principio, todo le resultó
distinto a lo conocido y probado. De camino a las anaranjadas y
ardientes profundidades, vislumbró una palabra descrita del revés.
Se detuvo un instante para intentar leerla. Sus letras le resultaban
familiares, pero aún se hallaban
muy lejos para poder
interpretarlas. Mientras bajaba por lo que parecía una galería, los
cuadros surrealistas se multiplicaban por tres. Poco después, la
oscuridad se apoderó de hasta el último rincón. Caminaba a
tientas, temblando de frío y también de miedo
a
lo desconocido.
Aún así continuó. De nuevo el resplandor iluminó
la senda. Cada paso le resultaba
tan anómalo
y
fabuloso
como el anterior. O quizá más, si
cabe.
Condenados y desolados, ángeles y demonios cruzaban afligidos
el descarnado
camino.
A medida que avanzaba, el calor extendía los brazos aplazando la
marcha. También
conoció
bailes nuevos, de pasos maravillosos, de danzas entre llamas sin
quemar a nadie. Y a mirar a través de la cerradura sin preguntar
quiénes moran detrás. Aún costándole, prosiguió sin perder su
objetivo. Los ríos, espesos
como
la lava, chocaban de furia explosionando a su paso. Entre llamas
enrabietadas y otras más sosegadas, tocó la superficie de un fondo
infernal. No podía
creerlo, se hallaba
en medio de
lo que se presumía un “pastel
envenenado”. Y junto a él,
la palabra que vislumbró al
inicio de su dantesca aventura.
Algunas
letras
se encontraban
medio hundidas
en el lodo caliente. Una a una
las fue girando para mostrar la palabra auténtica.
¿Quéeeee? Se le desorbitaron
las bolitas
cuando deletreó su nombre. ¿Qué hacía allí?
¿Por
qué del
revés?
¿Desde cuándo y
para
qué? Necesitaba
respuestas.
Saber quién descendió
hasta los infiernos para vender
su alma al diablo. ¡Quién
podría urdir una venganza de aquella naturaleza!
Y, sorprendentemente, saber a quién tenía por enemigo. Siguió
las huellas dejadas
por el principal sospechoso. Marcas
delatoras.
Efectivamente
fue alucinante. No
llegaba
a
comprender, ni
entender, ni tan siquiera imaginar unos meses atrás.
Pero
las pruebas no mentían. Las
fue recopilando una a una, excepto las absurdas que
también
existían. Y cuando las tuvo todas, la claridad de
los hechos le devolvió
su
mirada original
y aquella
sonrisa con la que nació.
Y
renació de
entre las perversas
circunstancias...
Entonces
comenzó el ascenso.
Lo
inició con el alma vacía
y
el corazón recién nacido.
Durante
la subida,
vacía
de días y de soles,
los
recuerdos se perdían,
se
olvidaban dejados en una vieja balada.
Y
ahora no sabía quien le latía,
ni
su cuerpo, ni la mirada
ni
su alma, ni una palabra conocida,
reconocía.
Poco
a poco,
el
alivio y los amigos,
y
el alma renacida para sentir,
recobran
el camino merecido.
Uno
sutil, de cuerpo galano,
le
pone la piel frente al espejo
En
medio, una mano lo toca
roza
su cuello con un pañuelo.
Y
otro rasgado con ron pirata
corona
su boca con un brillante.
Hace
tiempo que cuentan
del
regreso a su morada,
de
noches sencillas y días tranquilos,
de
simples momentos
que
a veces os miran y otros suspiran.
Desde
la paz que deja la llaneza,
una
flor serena, grabará la despedida
y
un cordial adiós, el sendero cerrará.