4 de marzo de 2010

La Suite Real



Cruzamos en silencio las amplias salas cubiertas de tapices y flanqueadas de armaduras brillantes, hasta la escalinata de mármol que conducía hacia el piso superior, donde nos aguardaba nuestra habitación. Habíamos reservado la mejor habitación de la Pousada, la Suite Real. Nuestra sorpresa fue mayúscula al comprobar que se trataba de la suite que ocupó el Rey Joao IV. El interior de la estancia nos recibió con un olor a madera antigua. A la derecha se abría un coqueto saloncito donde aguardaba un generoso frutero sobre una mesita baja. Junto a ella, acompañando a un cómodo sofá, un diván de época presidido por un tapiz con escenas de caza. Tras él, un amplio ventanal daba paso a un pequeño patio privado, cuya blancura refulgía a la luz de la luna.

No pude ver más. Me cubriste los ojos con algo. Apenas pude percibir que se trataba de algo negro, pero el tacto sobre mi piel me dijo que se trataba de una venda suave, diría que de raso o seda. Después, sin mediar palabra, me desnudaste y me hiciste acostar sobre el diván.

- Quiero fotografiarte, Rosaida – fueron tus únicas palabras durante un buen rato.

Colocaste mis brazos como si fuera la maja de Goya. Pronto la luz de los flashes empezó a teñir de rojo mi ceguera y no cesaste durante un buen rato, cambiándome a menudo de postura. En un momento dado sentí cómo me esposabas y, al poco tiempo, me volteaste. Los flashes seguían iluminando la antigua estancia, y yo empezaba a impacientarme. Sentí la cuerda ciñéndose alrededor de mis tobillos, pero a esas alturas yo protestaba pidiéndote que dejaras ya de hacer fotos, porque sentía que la urgencia de mi interior iba dando paso al desencanto y el aburrimiento. Tus manos vigorosas me tomaron en volandas y, echándome sobre tu hombro, me condujiste a través de la puerta. Poco después me dejaste en pie y, tirando de mis muñecas hacia delante, me ataste a algún sitio. Tras hundir tus dientes con fiereza en mi nuca me quitaste la venda de los ojos.

No habías perdido el tiempo… entre foto y foto encendiste docenas de velas, vistiendo de magia la estancia. La habitación real tenía una gran cama digna de un rey, con un llamativo dosel gótico. Todo el conjunto estaba decorado en rojo y oro. Pesados cortinajes dorados flanqueaban el lecho, sujetos a cuatro columnas de madera labrada con motivos florales. Un gran espejo ocupaba la pared de mi izquierda y, esposada a una de las columnas de la cama, con las piernas sujetas entre sí con un hermoso bondaje, aguardaba una mujer desnuda. Tras ella, un hombre alto vestido de negro, sujetaba entre sus manos un collar de cuero tachonado con pedrería brillante.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que aquella mujer era yo y de que el hombre que se dirigía hacia mí... eras Tú. Con firme rudeza tiraste de mis cabellos hacia atrás. Gemí, pero no te importó. Colocaste el collar en mi garganta y empujaste mi nuca hacia abajo con idéntica firmeza. Sentí cómo la correa se afianzaba alrededor de mi cuello. Mis piernas temblaron, y un pulso intenso recorrió mis entrañas. Todas las sensaciones desaparecieron en un segundo, sustituidas por una excitación salvaje, combinada con cierto temor. Un temor que creció hasta ponerme el vello de punta cuando regresaste con un látigo en una mano y un gran consolador negro en la otra.

No pude protestar… apenas inicié la primera palabra cuando la venda se cerró sobre mi boca, convertida en mordaza.

- Creo que mi perrita se ha ganado unos cuantos azotes esta noche… ¿acaso piensas que lo había olvidado? ¿Que había perdonado tus constantes devaneos?

Sí, creí que… después de tantos días… sinceramente pensé que lo habías olvidado o dejado a un lado… lo creí hasta que el primer latigazo estalló en mi espalda…


Iniciando el descenso hacia la oscuridad.


11 comentarios:

  1. Mi niña, menudo relato. Tu entrega es asombrosa y el relato me ha encantado.
    Besos y susurros muy dulces

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  2. Que bien contado, por un momento creí estar en la suite real!

    Besos.

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  3. esos devaneos, como me gustan esos devaneos....
    Me gusto tu relato. Mucho.
    Un beso grande.

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  4. Me he quedado suspendido en el aire... que buen relato, sutilmente brutal...

    besos suspendidos
    Druida.

    Pd. ahora entiendo de tu consejo con June, la proxima lo aplico sin miramientos.

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  5. Qué recuerdos... esos doseles, esos encuadres, esa piel para fotografiar. Y esos rituales en mitad de la madrugada, con obligado silencio para no descubrirse...

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  6. Conserva la piel intacta, una mujer debe poder lucirla siempre sin la mas minima herida o cicatriz.

    Bxos

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  7. gracias por tus palabras. Me han publicado mi libro, Detrás de las sonrisas, por el momento solo se consigue en España, te paso los datos de la editorial por si sientes curiosida;


    http://www.lafraguadeltrovador.com/

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  8. Embrujado, mi piel la conservo intacta, sólo en ella se observan pequeños lunares que en ciertos lugares del cuerpo… son bellos y muy sugerentes. La práctica de ciertos placeres sexuales no conlleva, ni mucho menos, el maltrato. El fin buscado, siempre, es el placer, no el dolor, es el disfrute, el gozo de dos personas que se respetan, se quieren y sólo buscan la felicidad del otro. Hay múltiples fantasías en el mundo del sexo, todas ellas muy seductoras. Cada uno es libre de gozar, de sentir, con la que más le guste.
    Un beso desde mi Jardín.

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  9. Quiero repetirlo...


    véndate los ojos de nuevo, voy por las velas...

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  10. Al fin gateas. EL suave piso de la pasarela recibe tus manos y tus rodillas por vez primera.

    Reconozco esa respiración entrecortada. Pronto te sentirás en tu salsa en este nuevo estado.

    Seguro.

    Tanto como que sigo leyendo...

    DP

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.