21 de marzo de 2010

Una carta inesperada

El cansancio me vencía cuando llegué a casa. Había sido una tarde apasionante pero agotadora, recluida en la Sala de Investigación de la Biblioteca Nacional. Revisé la correspondencia como cada día. Esta vez había un sobre diferente a los demás, luciendo un pequeño logotipo que me recordó a los antiguos blasones heráldicos, con letras cuidadosamente impresas donde se leía Testamentos y Herencias. ¿Quién dijo que el trabajo de una historiadora es sedentario? – pensé al sentir cómo mis pies agradecían el fin de su encierro. Tenía la sensación de haber andado kilómetros por los pasillos. Me arrastré casi desmayada hasta la butaca e, intrigada, abrí cuidadosamente el sobre.

Estimada Sra. Dña. Rosaida Flores:
Como albacea del testamento de su tío abuelo, el Sr. Damián Mínguez de Elvira, debo comunicarle que su fallecimiento tuvo lugar hace tres días.
Como consecuencia de este triste deceso y en uso de las atribuciones que me otorgó como albacea de su última voluntad, tengo el deber de convocarle a la apertura del testamento del difunto Sr. Mínguez de Elvira (Q.E.P.D.). El acto se llevará a cabo en nuestras oficinas de Granada el próximo día 13 de Octubre a las 17:30 horas.


Con mis más sinceras condolencias,
Atentamente, D. Arturo Fernández-Mendoza.

Al principio me costó recordar quién era ese tío abuelo. La curiosidad me venció y, a regañadientes, recurrí a los pocos álbumes familiares que descansaban polvorientos tras varias filas de libros en el estudio. Allí estaba. Lo encontré en una foto cuarteada en blanco y sepia. Llevaba un traje claro, de lino o alpaca, y cubría su cabeza con un panamá de los que se llevaban en la época de la posguerra, con una cinta oscura. En su rostro, casi invisible por la mala calidad de la imagen, apenas pude percibir más que unas cejas gruesas y un gran mostacho canoso, pero todo en él indicaba un porte seguro, sereno.

Bueno – me pregunté cerrando el álbum – ¿y a qué viene que este hombre, al que nunca conocí en vida, me haya nombrado en su testamento? Si mamá viviese aún… ¿Qué pinto yo en todo esto?

Regresé al sillón con la idea de llamar al día siguiente e informarme algo más. No era cuestión de pegarse un viaje hasta Granada para que le informen a una de que ha heredado la quincuagésima parte de una finca en un pueblo del que nunca ha oído hablar. Quizá pudiera librarme y que alguien me representara o algo así… Aún estaba dándole vueltas cuando sonó el teléfono.

- ¿Qué pasa preciosa, es que pasas de mí o qué? Llevo una semana llamándote. ¿No llamas al buzón de voz? – La voz de Pedro sonaba a la par zalamera y acusadora.

Era verdad. Había visto sus mensajes, pero llevaba una semana horrible, y no me apetecía quedar con él. Ya sabía lo que iba a pasar y no… no es que no me gustara follar con Pedro. Era un amante considerado y hábil… especialmente hábil con la lengua. De hecho era uno de mis amantes favoritos, pero estaba cansada y la pereza se instalaba en mí por momentos. Apenas escuchaba su conversación cuando una frase llamó mi atención. Estaba diciendo no se qué sobre un viaje a Granada.

- Perdona Pedro, me he perdido. ¿Qué decías?
- Te decía que tengo preparada una reserva nada menos que en el Carlos V, el mejor hotel para visitar La Alhambra. Tenía pensado pasar el puente del Pilar. ¿Qué te parece la idea? Un par de noches en la romántica ciudad de los Califas…
- Nazaríes
-le interrumpí maquinalmente
- Pues eso… tu y yo… y una luna mora colándose entre los visillos del dormitorio… - aguardo un segundo – y perlando de plata tu cuerpo desnudo.
- Para, para…
- reí - ¿por qué no quedamos y me lo cuentas mientras cenamos? – Añadí sin darme cuenta exactamente de lo que eso representaba...

Nada más colgar caí en la cuenta de la situación. Tenía media hora para arreglarme. Pero la pereza había dejado sitio a un estado de expectante interés. ¿Podía ser una casualidad? Me sentía tocada por la mano invisible del destino.

Escogí un vestido con un amplio escote que resaltaba la línea suave de mi espalda. Alisé la minifalda a toda prisa sobre las medias de cristal. Terminé de pintarme en el ascensor. Cogí un taxi, y diez minutos después entraba en la Trattoría. Una hora. Todo un récord.

Pedro aguardaba. Su largo pelo canoso, sumamente cuidado, contrastaba con el aspecto moderno y juvenil que le daba aquél ajustado traje negro, donde la corbata estrecha y brillante como el azabache se destacaba sobre la camisa gris ceniza. El caballero elegante, el muchacho jovial y eternamente joven, y… ese puntito canalla que sabía sacar en el momento preciso, me encantaban.

Esperó hasta los postres antes de abordar el tema, y cuando lo hizo desplegó todo su encanto de hombre maduro y persuasivo para convencerme.

- Como te he adelantado ya – tomó mi mano entre las suyas – hemos tenido mucha suerte. El hotel está lleno casi todo el año, e hice la preinscripción en enero. Sería una pena tener que anular la reserva.

Pasó media hora desgranando las delicias del plan, los atardeceres del recién estrenado otoño en el Generalife, las luminosas mañanas en la Alhambra, las cenas en el Albaicín, los aperitivos en la alcaicería… había preparado a fondo su batería de argumentos. Yo asentía muy seria, intentando que no se me notara que tenía hecha mi elección desde antes de salir de casa. Tenía que acabar ya, o pasaríamos toda la noche haciendo manitas delante de una taza de café vacía.

- ¿Acabamos de hablarlo delante de una copita? -ambos sabíamos que una vez en el pub cualquier intento de conversación coherente sería inútil.

Pedro encontró libre una de las mesas de la esquina. Para cuando regresó con los gintonics mis pies se movían solos al ritmo de la música.

Dos gintonics después… la sala se fue vaciando y los espacios vacíos dejando al descubierto lo cargado del ambiente. No sé porqué parece que, cuanta menos gente queda en un local, más espeso se hace el humo y más sucio el suelo. Antes de que la cosa empezara a cortarme el rollo, pasé un brazo sobre los hombros de Pedro y, simulando un paso de baile más, subí mi muslo hasta su vientre, dejando que su mano lo sujetara desde abajo y se deslizara hacia arriba, lo justo para notar el calor entre mis muslos. Acerqué mi boca a la suya y le besé. No necesitó más señales.

- Esto empieza a estar matado. ¿Tomamos la última en mi casa? – su sonrisa decía a las claras a qué última se refería… y no iba a ser precisamente en copa de vidrio.

Por toda respuesta pegué mi cuerpo al suyo y volví a besarle, sujetando su nuca con mis manos. Sentía su pecho agitado contra el mío, y algo más abajo pronto empezó a reaccionar a mis labios. Me separé de él con una sonrisa pícara y cogí el bolso.

En el ascensor nos comimos a besos. Pedro me empujó con furia contra el espejo del fondo, su boca descendía por mi cuello, sus labios buscaban mis pechos, que le aguardaban duros y jadeantes mientras sus manos me levantaban la minifalda del vestido hasta la cintura. Sentí su muslo duro y musculado entre los míos, y mi urgencia me llevó a cabalgarlo, a deslizarme sobre su carne firme y nudosa. La brusca sacudida al llegar al octavo piso me arrancó el segundo gemido de la noche.

Nada más cerrar la puerta, Pedro me empujó con fuerza contra ella, sujetando mis muñecas por encima de mi cabeza, y su boca empezó a recorrer, esta vez sin trabas, el camino que llevaba deseando andar toda la noche. Bajé los brazos para dejar que los tirantes del vestido se deslizaran desde mis hombros, mientras mis manos empujaban su nuca más y más contra mi pecho. Oleadas de calor me recorrían entera mientras su boca mordía, lamía, succionaba con exquisita habilidad mis pezones, que sentía a esas alturas como dos piedras ardientes. Un calambre recorrió mis piernas cuando continuó el descenso por mi estómago, y el vestido cayó al suelo, como una bandera que se rinde, símbolo de mi entrega. Descendió por mi pelvis alternando suaves mordisquitos y besos ardientes… creí morir de deseo cuando en el último momento se desvió hacia el interior de uno de mis muslos, y su lengua, haciendo una finta insoportable, se deslizó por mi ingle derecha, evitando aquello que le llamaba con desesperación. Sus manos separaron mis muslos con firmeza, accedí encantada, abriéndome movida por la urgencia que me poseía, facilitándole el acceso al máximo, anticipándome ya al movimiento que tanto deseaba. Sus dientes engancharon el triángulo bordado del tanga, separándolo, dejando ante sus ojos mi sexo rasurado, brillante por la humedad del deseo, y lo soltó de golpe, golpeándome justo ahí donde esperaba su boca, arrancándome un gemido de excitación y de impaciencia. Esta vez sí, sus manos se deslizaron bajo las minúsculas tiras de tela en mis caderas y lo bajó hasta mis tobillos con un movimiento seco. Me desembaracé de él rápidamente, lanzándolo de un puntapié hacia el hall, y allí estaban de nuevo sus manos, apoderándose de mis nalgas y empujándome contra su boca. Ya no se hizo de rogar más. Su lengua carnosa se abrió paso entre mis pliegues con facilidad, separando mi flor como la quilla del barco se abre paso entre las olas, hasta estrellarse de lleno en mi perla, provocándome un espasmo indescriptible. Agarré su nuca con mis manos animándole a seguir y su lengua empezó a desplegar toda su sabiduría rodeando, presionando y acariciándola hasta que mis piernas empezaron a fallarme. Subí un muslo sobre su hombro, y el contacto fue pleno e imparable. Sus labios entraron en el juego, succionando y atrapándome mientras su lengua golpeaba en mí como en una campana. Sentía cada tañido de forma tan insoportable, tan placentera, que casi dolía. Cuando creí que no podría soportarlo más, regresaron las arremetidas de su lengua en mi abultada perla, y ya no paró por más que mis gritos amenazaron con despertar a todo el vecindario, insensible a nada que no fuera hacerme subir más y más hasta que estallé contra su rostro retorciéndome de placer, cabalgando como una amazona las violentas sacudidas de un potro salvaje. Mis piernas dejaron de sujetarme y empecé a deslizar mi espalda por la pared. Pero él se levantó y, tomándome de la cintura, me condujo hasta el salón.


Ante un sofá… cálido y mullido

8 comentarios:

  1. Querida Rosaida cada vez me gusta más leer tus escritos porque son muy sutiles y delicados
    Mis felicitaciones amiga.

    Néctares

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  2. Juegos de lengua, un goce para los dos participantes. Una experiencia dificil de describir, llena se sabores y sensaciones.
    Las dos manos en el culos, apretando la boca contra el sexo de una mujer, sintiendo como cambian los labios exteriores e interiores, como se endurecen, como se abren, como se humedecen.
    Y el sabor, si ese sabor inconfundible a sexo de mujer, tan chocante e inesperado, similar a la salsa agridulce.

    una perla para los sentidos....

    Bxos....

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  3. Si la perfección fuera cierta... si mis ojos no conocieran la belleza...

    HOY LA HABRÍA ENCONTRADO. ya no me quito sombreros, directamente rasgo mis ropas y desnudo como vine al mundo te presento mis respetos.


    Con un beso me quedaría muy corto, así que te doy lo que desees.

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  4. Caramba mi querida Rosaida tu si que sabes ponerme a tono con todo lo que cuentas, me encanta esta forma tuya de narrarlo todo, me he quedado con ganas de mas...
    Besitos de canela guapa.

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  5. Por casualidad como suele ocurrir...llegue hasta este precioso rincon donde la maestria de una mujer al contar una "historia" me llevó a sentirme inmerso en ella y a desear...bueno ya puedes imaginar que...
    Me encanto sentir esas fragancias tuyas y si me permites...volvere a leerte.

    Mi mejor sonrisa para tipres

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  6. Hummm... un éxito.
    A la vista de las opiniones, el relato ha sido, sin lugar a dudas, un éxito.
    Sigue por esa línea, Rosaida...

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  7. Enhorabuena preciosa. Sabes como narrar el momento, como encender la pasión y como todo endulzarlo con tu aroma.
    Una combinación preciosa mi niña.
    Un beso y un susurro muy dulce

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  8. Una buena puesta en escena. Siempre he pensado que al iniciar cada relato lo más difícil es lograr un buen equilibrio entre introducción y acción.

    En éste consigues describir a los personajes y logras situarnos lo bastante como para iniciar la danza narrativa y pasas a la acción a tiempo, atrapándonos antes de que el tedio se instale en el lector.

    ¡Y qué acción!

    Imagino que tus lectoras habrán disfrutado al máximo este post... aunque a nosotros tampoco nos deja precisamente indiferentes.

    Sigo leyendo y disfrutando de tus evoluciones en la pasarela.

    DP

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.