4 de abril de 2010

Seducción por encargo

Encontré a Daniel en su despacho cuando el ocaso teñía de rosa los edificios de la Universidad. Cuando llamé a su puerta estaba enfrascado en la lectura de un grueso volumen de aspecto amarillento. Apenas desvió la vista un segundo para dirigirse a mí.

- Espera un momento, por favor, ahora te atiendo.

Permanecí en silencio diez minutos, cambiando el peso de un pie a otro mientras evaluaba su físico. Me fastidiaba que, después de tantos esfuerzos delante del armario, ni siquiera se hubiera fijado en mí. Llevaba una falda vaquera cortísima, que había causado sensación en el tren... ¿Acaso no le había anticipado Humberto la tarea que me esperaba esa noche? Al fin cerró el tomo y levantó su vista hacia mí, buscándome a través de la nube de polvo.

- Ah, eres tú... - su voz sonó completamente neutra - ¿querías algo?

- Bueno... sí. Acabo de llegar y me preguntaba si podríamos hablar de la bibliografía que necesito para el estudio de Caja Granada.

- Ah, sí... el estudio sobre Muley Hassán, que debe cubrir nuestro presupuesto anual, ¿no? - ironizó.

- El estudio sobre la dimensión espiritual del reinado de Mulay Hacén, profesor, que yo no elegí realizar. - le corregí algo mosca.

- Pero que alguien de arriba - su dedo señaló al cielo - se encargó de que recayera sobre ti.

Fruncí el ceño enfadada. No tenía derecho a hablarme así, ¿Era yo la culpable de aquella situación?

- Ya sé que soy la nueva becaria, profesor, y comprendo que le preocupe que lo lleve a buen término. Pero espero poder contar con la ayuda del resto del departamento... - le miré fijamente - incluso pensaba que podría contar con la suya. Pero veo que me equivoqué - me mordí el labio inferior y giré sobre mis talones.

Había puesto en peligro mi posición en el Departamento de Estudios. Por otro lado, podría comprobar hasta qué punto el profesor estaba implicado en el plan de Humberto... ¿o quizá no? ¿Cómo podría saberlo ahora? Enrojecí de rabia, yo sola me había metido en este laberinto...

- Tienes razón. Tú no tienes la culpa de que un trabajo tan importante haya caído sobre ti. Te pido disculpas - tuve que reconocer que esa sonrisa ligeramente avergonzada me cautivó - pero es que no soporto el nepotismo. Y menos aún - sus ojos volvieron a echar chispas - cuando pone en peligro la continuidad de este departamento que tantos esfuerzos nos ha costado conseguir.

- Pues ayúdeme, profesor - era mi turno. Me acerqué a la mesa cimbreando mis caderas todo lo que consideré aceptable sin caer en lo evidente - Es verdad que soy una chica en apuros - enrojecí levemente mientras bajaba mis pestañas con gesto teatral.

Ahora sí que me encontraba en mi salsa. La maquinaria de la seducción sí que era una asignatura que dominaba a la perfección. Me senté en el borde de su mesa tonteando con el bolígrafo cerca de mis labios, adoptando una pose ingenua.

- ¿Podrá usted ayudarme?

El rostro de Daniel pasó de la sorpresa a la indignación.

- No necesita hacerme carantoñas para conseguir mi ayuda, señorita. Si lo hago será por el bien del equipo, como siempre he hecho. Está usted muy equivocada si piensa que con esas artes va a lograr algo de mí. - sus manos desmentían la seguridad que intentaba aparentar su gesto, ordenando precipitadamente los papeles de la mesa, pero acusé recibo de sus palabras: me había pasado de la raya.

- Disculpe, profesor.... no sé a qué se refiere usted - reculé levantándome con toda la dignidad que fui capaz de fingir. ¿Qué pasaba con el plan de Humberto? ¿Pudiera ser que el profesor no estuviera al corriente? Esto complicaba notablemente las cosas...

- Bien, señorita Flores, ¿por dónde quiere que empecemos?

¡Tendría que hacerlo todo yo! Estuve a punto de mandar el plan a la mierda. Ya inventaría alguna excusa el lunes... bien pensado, ¿qué mejor excusa que un profesor digno por fin, un profesional intachable entregado a su trabajo? No. Desde luego que no iba a colar. Humberto no me daría los cinco mil a cambio de nada. Y además... hummm... lo cierto es que su dignidad me ponía.

Empecé a mirar a Daniel con otros ojos. Con los ojos con los que le había mirado antes, hasta recibir el encargo de Humberto. El tío estaba muy bueno. Tendría más o menos mi edad. No era demasiado alto, pero tenía unos bonitos ojos azules que destacaban vivamente bajo sus cejas cobrizas siempre enmarañadas y, desde luego, estaba cachas. Debía machacarse en el gimnasio de lo lindo...

Esperaba una respuesta. Cuidando mucho de no pasarme esta vez, me apoyé en la mesa para tomar un bolígrafo, permitiéndole vislumbrar parte de lo que había traído para él.

- Pues había pensado en una lista de bibliografía preliminar, una lista de centros de documentación que visitar, quizá el nombre de algunos especialistas en el tema... ¿es posible que los rumores sobre la pertenencia de Abu al-Hasan (utilicé a propósito su nombre islámico) a una secta secreta sean realidad? - le bombardeé con toda la artillería que encontré a mano mientras garabateaba en el papel.

- Para, para... poco a poco... - Por fin, una sonrisa. Mi estrategia funcionaba. - En cuanto a la bibliografía, podríamos empezar por...

- Espere - le interrumpí - no he traído mi portátil y me temo que lo necesito. ¿Por qué no lo traigo el lunes y contrastamos lo que ya tengo?

- Lo siento, señorita Flores, pero el lunes va a ser imposible. Estaré fuera unas semanas por trabajo...

Eso ya lo sabía, llevaba toda la semana preparando su viaje a Libia.

- Llámeme Rosaida - le interrumpí. - En tal caso, ¿sería mucho pedir que se pasara por mi casa esta tarde y lo repasáramos juntos? - era mi última oportunidad. Ahora o nunca.

- Espere... hummm... déjeme hacer algunas llamadas. Si le parece la llamo en media hora.

- De acuerdo, avíseme. Estaré por aquí - terminé con tono casual. Me di la vuelta y me dirigí a la puerta consciente de que, esta vez sí, sus ojos seguían el movimiento de mis caderas, segura de la impresión que mi minifalda y el movimiento de mis largas piernas estaban causando.

No habían pasado ni diez minutos cuando la puerta del despacho se abrió. Yo me mantuve con los codos apoyados en la mesa simulando estar enfrascada en la lectura, permitiendo que mi blusa mostrara de sobra mis encantos el tiempo justo para que él viera aquello que deseaba enseñar: se encontró con el espectáculo de mis pechos perfectos, que bien caros que me habían salido o... mejor dicho, le habían salido a Humberto. Me incorporé rápidamente, como si me hubiera sorprendido.

- ¿Profesor?

- Llámame Daniel... - el tono de voz era totalmente distinto. - Ya he arreglado las cosas. Cuando quieras podemos irnos. ¿Tienes algo más que hacer aquí?

- No, no... - ¡cuidado! - déjeme un minuto para anotar esto y nos vamos - disimulé.

- De acuerdo. Voy recogiendo mis cosas. Te espero en mi despacho. - esta vez fueron mis ojos los que siguieron apreciativos su culito y la curva de su espalda bajo la camisa mientras se alejaba.

Cuando Daniel me abrió la puerta del cuatro por cuatro, mi falda subió todo lo que se puede subir sin enseñarlo todo. Durante un instante, los ojos de Daniel se quedaron clavados en mis muslos. Yo hice como la que no se entera y arrancamos. Más adelante, aprovechando un semáforo, me incliné.

- ¿No te importa que me las quite? Estas sandalias me están matando... - subí mi pierna mientras observaba de reojo su reacción.

Casi descubre que no llevaba nada debajo. Pero en sus gafas de sol pude ver reflejada la cara interna de mi muslo y ajustar perfectamente el movimiento. Desde ese momento, no paró de echarme miradas a las piernas a cada instante. En el siguiente semáforo me quité la otra sandalia, y esta vez fue mi blusa la que volvió a regalar, generosa, su contenido. El bulto en sus pantalones era evidente. Me pregunté cómo iba a hacer para disimularlo cuando saliéramos del coche.

No hizo falta que lo hiciera. Cuando metió primera para arrancar, su mano rozó distraídamente mi muslo. No protesté. Sentí cómo mi vello se erizaba a su contacto. Al meter tercera el roce fue más lento, como si quisiera cerciorarse de que yo me había dado cuenta. Suspiré. De repente el vehículo salió de la autopista cambiando de dirección.

- ¿Dónde vamos? ¿No íbamos a mi casa a...? - puse cara de sorpresa.

- Primero tendremos que pasar por mi despacho. Acabo de recordar que allí tengo algunos apuntes que te vendrán muy bien.

Intentaba mantener la calma, pero miraba a mis labios cuando me hablaba. Ya era mío. Tan sólo era cuestión de tiempo. El juego me estaba excitando.

- Uffff... ¡vaya día llevo! - Subí mis manos hasta la nuca, estirándome con aire distraído. Mis pezones oscuros se marcaron en la fina tela de la blusa, mostrándole una perspectiva completa de mis pechos.

Casi se pasa la casa. Frenó y giró de forma brusca para entrar en la rampa del garaje de un chalet. Accionó la puerta con un mando fijado en el salpicadero. Cuando apagó el motor se volvió hacia mí con una sonrisa tímida que yo encontré deliciosamente seductora. Pasó su mano sobre mi asiento, acariciando mi nuca.

- Rosaida, yo... - Le interrumpí tomándole la barbilla con dos dedos y besándole de forma apasionada. Su boca se abrió a mí jugosa y cálida, y al instante emergió su lengua entrando en la mía mientras sus dedos se aferraban a mi nuca. Quería mandar... bien, eso me gustaba.

Mi mano derecha buscó el botón de su camisa y en un segundo mis dedos se enredaban en el vello aterciopelado de su pecho. La suya buscó el mío a través de la blusa. Me acarició con suavidad un momento, mientras el ritmo de su respiración iba en aumento hasta que, de repente, sentí como si algo se rompiera y una puerta se abriera dentro de él.

Sus dedos aprisionaron mi pezón de forma inmisericorde, provocando un grito de sorpresa. Mantuvo mi boca contra la suya, impidiendo que me separara de él mientras aflojaba la presión y comenzaba a acariciarlo de nuevo, arrancándome un gemido mientras oleadas de placer recorrían mi pecho y bajaban hasta mis muslos, ya de por sí mojados. ¡Joder, el tío sabía lo que se hacía! ¡quién lo hubiera dicho! Por eso, para cuando su mano me separó de él y descubrí aquel brillo nuevo en sus ojos, la mía había descendido ya por su costado y buscaba la hebilla de su pantalón. No me sorprendió en absoluto la contenida firmeza de la presión que ejerció sobre mi nuca, y no me costó nada obedecer a su designio.


Cuando el deber me abandona en los brazos del placer...


10 comentarios:

  1. Tentador, muy tentador. Muy sutil la estrategia argumental y narrativa. Justo para detenerte donde otros muchos quisieran seguir con avidez. Pero no menos estimulante todo el juego previo. Muy estimulante.

    besos amalados

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  2. una narrativa exquisita, becaria, muy bueno y estimulante. El argumenro se desarrolla junto con la sensualidad: la historia de granada jugando entre las piernas...

    mi beso
    druida

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  3. Querida mis más sinceras felicitaciones.
    Magnifica simbiosis de sensualidad y estrategia como dice excelentemente ADN.

    Querida sin más!! Sublime!!

    Néctares

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  4. ...la primavera te abrió las puertas del deseo.

    Belo...Intenso... sensual...Ah!...

    AL

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  5. Asombroso, es completamente normal que tu extrategia funcionase.... Ni un tempano de hielo metido dentro de nitrogeno liquido hubiera podido no calentarse.

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  6. Cada vez que paso por tu jardin huele mejor y me quedo con las ganas de revolcarme en el.
    Has despertado en mi el apetito sexual.
    Besazos con aroma a jardin

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  7. Me gustaría encargar una seducción... ¿se puede? ;P

    Muy buena entrada, en tu linea.

    Besos.

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  8. Me ha encantado, me ha encendido y me ha cautivado. Genial mi niña, lo has bordado.
    Un beso y un susurro muy dulce

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  9. Cualquiera se resiste a tu fragancia...
    Jajaja
    delicioso!
    Un besote

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  10. Cuando el diálogo lleva el peso del acción es cuando más disfruto.
    Un arma narrativa realmente poderosa, en combinación con esos zooms magistrales en el interior de la protagonista... y del lector... digo Daniel.

    Sigo leyéndote...

    DP

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.