5 de julio de 2010

La belleza guardada entre muros

En la ducha, tus manos enjabonan mi espalda. Besas mi cuello y desciendes por el camino que te lleva a mis nalgas mojadas. Las tomas entre ellas, apretando al mismo tiempo que las separas, dejando expuesto ante ti mi última joya. Me arrancas un gemido cuando noto tu lengua tersa hundiéndose en sus profundidades. Apoyo mis manos y mis codos sobre el tibio azulejo de la ducha, arqueando mi espalda para ofrecerte también los pliegues de mi otra flor. Tu lengua la inspecciona y la recorre, revelando uno a uno sus pistilos, erizando de puro placer su corola y arrancándome gemidos de deseo. Cuando acabas el placer me ha devastado y termino hecha un ovillo entre tus brazos. Me levantas dulcemente y con tus manos enjabonas mi cuerpo dibujando mil vetas de mármol que recorren mi figura esculpida por tus dedos. No me dejas aclararme. Te separas apreciando tu obra y me haces posar en posturas diferentes. Hieráticas, pudorosas, eternas. Por fin abres el grifo y me animas a terminar de arreglarme a toda prisa. El Louvre nos espera. Veamos si es verdad que los antiguos conseguían plasmar esta belleza cincelando el mármol y la piedra –reflexionas.


Deambulando por sus salas, vas haciendo que pose entre las obras repitiendo las posturas que compusieron miles de años atrás los modelos que inspiraron a los artistas griegos y romanos. Cogiendo una flecha, soy Diana; mis brazos como alas de Victoria; tumbada en un banco, Hermafrodita; estática y altiva como Venus; tomando las caderas de otras Gracias…

Los óleos nos esperan. Ahora es mi rostro al que más atenciones le dispensas. Sonrisas, gestos y miradas seductoras vas plasmando con tu cámara a cada paso mientras desfilan a los lados los retratos eternos de célebres renacentistas. La Gioconda nos devuelve la sonrisa, cómplice de nuestros juegos. Adivina que en nuestros torrentes aún la vida se agolpa por momentos y nos urge a apostar temerarios en el juego que cada vez se torna más y más ardiente.

No hay lugar en el mundo que no guarde en sus entrañas un enjambre de secretos. Descendemos entre sarcófagos egipcios a las profundidades más oscuras del Museo. Tus ojos exploran cada arista, en busca de escondidos recovecos que sirvan de abrigo a nuestros besos y oculten en la sombra los deseos que tus manos van trazando en mi cuerpo. Detrás de una cortina se abre un paso que franquea el acceso a un almacén. Y allí, entre cajas polvorientas, culminas tu deseo y me posees.

No hay nada que se escape a tu vista. En un segundo estoy desnuda a tu merced. Aprovechas cada viga para atarme. Me sometes sin piedad. Siento crecer la furia de deseo incontenible que emana de tu cuerpo. Ya soy tuya. Tus juegos perversos se disparan y yo te respondo como siempre, temblando de deseo y de placer, sabiéndome el objeto de tu gozo. Atada a dos argollas, es tu cinto el látigo que adoctrina a tu esclava, arrancándole gemidos de temor y deseo desesperado por tu verga. Me desatas y caigo rendida sin pensarlo. Mis manos persiguen a mi boca adorando al dios que me posee, ascendiendo de tus pies hacia tu sexo. Le libero temblorosa de impaciencia. Tus manos en mi nuca me acompañan. Me hundo en el jardín de tus aromas, me pierdo en la tersura de tu piel, alcanzo la cima que me aguarda. Mi lengua te recorre sin descanso. Me recreo en tu piel rosa y brillante, recogiendo cada gota de ese jugo que se perla de deseo. Tus ojos se clavan en los míos un segundo. Mis labios atrapan la magnitud de tu cetro de monarca y un suspiro abandona mi cuerpo antes de hundirme tu espada en las entrañas. La locura me posee y, perdido el control de mis actos, me entrego sin medida a sentirte entrando y saliendo de mi ser, mientras ansío que tengas la piedad de hacer lo mismo en los otros espacios de mí que te reclaman.


Me tomas del rostro con rudeza y en volandas me empujas hacia el fondo, donde un diván raído nos recibe con una nube de polvo gris que un solo rayo de luz atrapa tras nosotros. Me posees levantándome las piernas hasta hallar una postura imposible. Mi sexo te recibe enloquecido. Tu dureza de acero me atraviesa embistiendo con furia hasta llevarme al mismo cielo una y otra vez, encadenando los placeres que provocas hasta perder la noción del tiempo y del espacio. Cuando al fin te retiras, el sudor me baña por completo y tu figura se alza perlada por las gotas frente al rayo de luz que te acompaña. Me tomas de la mano. Veo tu sexo cruzar la luz cubierto de nervaduras palpitantes que me dicen que aún te queda un último asalto por vencer. Te sigo en una nube hasta la caja de madera que recibe de mi rostro a mi cintura con tu mano ocupando colosal toda mi espalda y ya no dudo de cuál es el destino que en tu mente has trazado para él. Me abro por mí misma entre jadeos. Sabes que a ti nada puedo negarte. Ni quiero, al revés, quiero ofrecerte hasta el último capricho que desees. Las piernas me tiemblan impotentes. Te siento llegar hasta mi entrada y suplico que no esperes más y entres con fuerza a lo más hondo de mi alma. Aúllo al sentir cómo me llena la dureza de tu carne poseyendo hasta el fondo de mi cuerpo, que ya es tuyo, y el placer se abre paso desde dentro, como un temblor sordo que va arreciando hasta ser torbellino de locura que nos atrapa a los dos y nos eleva entre gritos de pasión hacia las nubes. Los rayos y los truenos me rodean desatando en mi interior esa tormenta que culmina derramando en mí tu néctar. Y los nuevos placeres que me esperan cargados de matices de dulzura, me llevan volando entre tus brazos hasta bajar al suelo y allí, abrazados, dejamos que transcurran los minutos entre besos, caricias y susurros, hasta tomar conciencia del lugar en el que estamos. Recompones mi peinado entre risas, recogemos nuestras ropas esparcidas. Caminamos sigilosos hacia la cortina como niños traviesos, de la mano. El bullicio de la sala nos acoge en el anonimato de las masas otra vez. Tu cámara disparándose de nuevo. Pareces un turista japonés.

Camino del Palacio en cuyas fuentes
se reflejan los más bellos jardines del Barroco


6 comentarios:

  1. Recorrer todo el museo te llevaria 10 años...pero te ha tomado un minuto gozar y desear..

    precioso
    druida

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  2. mi cielo!!!!!!!!!!!!!
    la belleza no esta entre los muros la belleza esta envuelta en tus letras, las que despierta el deseo del mas dormido, la que levanta algo mas que tentaciones, tus letras, tu destreza, esa que se la pondria dura hasta al mas pintado, mira que yo no tengo pene y siempre que entro en tu casa termina poniendoseme algo duro hai abajo.
    SUBLIME!!!!!!!!!!!!!!
    como de costumbre me transportas a tu mente y gozo y disfruto de tu deseo y de tu lujuria.
    BESAZOS QUE TRASPASAN ESOS MUROS DE TU JARDIN DEL DESEO!!!!!!

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  3. Porque a veces donde menos lo esperamos aparece el deseo y tu sabes hacer buen uso de ese impulso hasta en el lugar mas insólito, veo que tu arte de amar no tiene limites mi querida Rosaida, ni con publico te privas de nada Mmmmmm, me resulta fascinante...

    Besitos desde mi pequeña orilla y que siga tu recorrido por París.

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  4. Solo la belleza que esconden los muros de un museo, son capaces de seducir e incitar al deseo para disfrutar de esos momentos tan intensos.

    Besos.

    Lunna.

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  5. Mamma mía! y pensar que yo estuve allí y me perdí todo eso! Creo que pondré en mi lista de deberes el volver, pero claro con la persona adecuada, jijiji.
    Visitando tu jardín no solo me voy ardiente, muy ardiente, sino que aprendo mucho, de botánica, historia, historia del arte....jijiji Una delicia tu jardín Rosaida!
    Te dejo mis maravilladas caricias!

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.