25 de julio de 2010

Sinuosas curvas (primera parte)

Escogiste el mejor hotel ubicado en su ribera. Junto a Notre Dame, en pleno barrio latino. De día, la agitación comercial impregna cada rincón de sus coloridas calles. De noche, las múltiples luces de la ciudad nos animan a callejear en busca de bellezas centenarias que nos trasladen a otros tiempos.
Aquella tarde, cuando nos arreglábamos para salir y te pregunté a dónde íbamos, te mostraste especialmente enigmático. Cuando entré en la habitación para vestirme me encontré con que habías extendido sobre la cama aquel vestido corto y escotado que compramos un par de días antes. Un vestido negro, con una falda de vuelo lo bastante corta como para que la menor ráfaga de viento me pusiera en un compromiso. Reaccioné con cierta sorpresa, ya que tú mismo habías puesto algunas objeciones en la tienda, por esa misma razón. La segunda sorpresa aguardaba al pie: unas sandalias acharoladas, de tacón alto y fino. No sé cómo te las habías arreglado para comprarlas sin que yo lo advirtiera, pero allí estaban. En ese momento entrabas en el saloncito anexo. Pantalón y camisa de lino blancos. Corrí a colgarme de tu cuello.


Venga, venga… – me urgiste después de besarme – que no tenemos toda la noche. Date prisa, zorrita, te espero en diez minutos en el salón del hotel. – Te despediste dándome unas palmaditas en el trasero.

El taxista no paraba de mirarme en el retrovisor. Tus manos acariciaban mis piernas suaves sin pudor, y yo comenzaba a ruborizarme. Tu orden me cayó como un rayo, provocando una oleada de calor en mis mejillas… y de humedad en mi sexo.

Arréglatelas para que no te vea... – indicaste hacia el conductor magrebí con un ademán – pero quítate las braguitas.

No fue fácil, y si no hubiera sido por tu oportuna ayuda cuando te echaste hacia delante distrayendo al hombre con tu conversación, creo que no lo habría conseguido. Pero para cuando el taxi frenó en la rotonda del Pont de l’Alma, mi tanguita minúsculo estaba en el bolsillo de tu americana. No pude evitar hacerte una foto cuando bajaste, apoyado en la ventanilla del conductor, con tu panamá, tu traje de lino blanco, tus gafas oscuras y ese aspecto de diablillo que te caracteriza.

Bueno, ¿a dónde vamos… Señor? – susurré con picardía en tu oído, colgándome de tu brazo.

Es una sorpresa… que pronto desvelarás.

Echamos a andar por una rampa que descendía hacia los muelles que rodean el Sena. La silueta de la Torre Eiffel dominaba el horizonte, majestuosa. Al pasar junto a la pasarela de uno de los múltiples barcos restaurante anclados en el muelle giraste de repente, tirando de mí. No pude reprimir un gritito de sorpresa. Sabías la ilusión que me hacía cenar en uno de ellos. Y cuando vi cómo entregabas al muchacho los tickets salté de alegría.

En el interior acristalado nos recibieron las notas de un piano. Un segundo después, el violín atacaba los primeros compases de un tema que me era muy familiar.

- Stephan Grapelli… - susurraste a mi oído. El rostro amable y chisporroteante del anciano jazzista se formó en mi mente. Hacía tiempo que no oía nada suyo. Murió hace unos pocos años… – Vivió casi toda su vida aquí, en París, ¿recuerdas?

Nuestra mesa daba a babor, muy cerca del piano. La camarera te miró con extrañeza cuando le pediste que cambiara tu cubierto, que había preparado junto al mío, para sentarte frente a mí, pero obedeció sin rechistar. Una vez instalada miré con ilusión alrededor. Todo el barco estaba completamente acristalado, de forma que no perdiéramos detalle alguno del recorrido, a excepción de la zona central, en cuyo techo oscuro titilaban una miríada de pequeñas estrellas brillantes. La camarera se retiró después de servirnos dos copas de champagne. Tu pie se interpuso entre mis piernas, que mantenía muy unidas instintivamente. Ya no lo recordaba… de nuevo una oleada de calor subió a mis mejillas al tomar consciencia de mi secreto.

Súbete la falda y siéntate directamente sobre el cuero de la silla.

Obedecí, claro está, sintiendo el contacto suave y algo pegajoso de la piel sobre mis nalgas mientras tu pie descalzo ascendía atrevido por la cara interna de mi pantorrilla, presionando con firme suavidad para que separara las rodillas.

¿Han elegido ya el menú? – la muchacha vino en mi auxilio, pero tú respondiste con rapidez, quitándotela de encima sonriente, con tu marcado acento español.

Oui, mademoiselle… - Me miraste un segundo - ¿Paté y solomillo, cariño? – y sin esperar mi respuesta, te volviste hacia ella – Nous voulons deux blocs de foie gras de canard au vinaigre balsamique et longe de veau confite, s’il vous plaît, avec une boutteille de Bordeaux.


Tu pie no sólo no había descendido en todo el lance, sino que presionaba contra mi timidez introduciéndose entre mis rodillas. Cuando se giró no pude resistir más, y mis músculos cedieron a tu presión, abriéndome para ti mientras me cubría con el mantel. Antes de que regresara con un ligero aperitivo habías alcanzado el horno caliente en que se había convertido mi sexo, pero aguardaste a que ella apareciera para rozar con tu pulgar mi piel sensible. Bajé la cabeza mordiéndome los labios para no gemir, segura de que ella se estaba dando cuenta de todo. Cuando la volví a levantar me encontré con tu sonrisa maliciosa ocupándolo todo. Clavaste tus ojos en los míos y tu dedo volvió a acariciarme. El aire escapó de mi pecho. Estaba muy excitada. Mucho. Cuando encontraste por primera vez aquello que buscabas entre mis pliegues tuve que coger la servilleta y llevármela a la boca, mordiéndola con disimulo. Habías cogido mi mano sobre la mesa, y apretabas con tanta fuerza que me dolían los nudillos. Dios, hubiera deseado que me follaras allí mismo, delante de la pareja de orondos alemanes que ocupaba la mesa tras de ti, ante los ojos vivarachos del violinista que en ese momento me dedicaba una sonrisa cortés, delante de todo el pasaje.

La verdad es que esta noche, te cenaría a ti – dijiste con la voz ronca por el deseo, acercándote. – Y tendremos que ver la forma de que ambos – recalcaste mucho la palabra – salgamos del crucero bien cenados.

10 comentarios:

  1. Me encanta tu blog, siempre se ve
    Besos
    Andrea

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  2. Es un PLACER deleitarme fe este aroma tan sexual que solo hai en este tu jardin, que cada dia florece con mas intensidad y donde los rayos del sol iluminan cada instante, cada momento.
    Si esta es la primera parte que es imposible que deja a nadie indiferente, no me pierdo el resto, eso si, cuando lea las proximas intentare no estar sola, ya que quiero reproducir cada secuncia y cada imagen que me proyectan tus letras.
    FANTASTICO!!!!!!!!!!!!!11111
    Besazos preciosa!!!!!!!!!!

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  3. Una cena cargada de detalles,de morbo y sensualidad, me ha encantado.

    Besitos hermosa Rosaida.

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  4. Jooo, no se me ocurre una cena mejor!!! Lo tenía todo bien atado para que saliera de díez! y así fue.
    Woooooow, que subidón y qué envidia ésta noche! jiiii
    Un besote y mis caricias guapísima!

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  5. toda una arquitecta del deseo..

    beso
    druida

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  6. ¡Cuánto morbo! Me ha encantado. Espero la segunda parte :)

    Muack.

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  7. Sinuosas, peligrosas, deseables... fluyendo tranquilas o ascendiendo en volutas imposibles, tus curvas siempre exhiben esa sinuosa voluptuosidad capaz de nublar el juicio más sereno.

    Maravillosa evocación, Rosaida, de momentos electrizantes, cargados de Alta Tensión.

    Yo también estoy deseando leer la continuación, que promete tanta carga o más como ésta.

    Escondido tras el próximo recodo,

    D.P.

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  8. Hola cielo!!!!!!!!!!
    Paso a saludarte y dejarte un beso circulando por esas curvas.
    BESAZOS CURVADOS!!!!!

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  9. Querida que cena tan apetecible, exquisitos mangares y delicados postres. Continuare para no perder detalle de tan excelsa cena

    Néctares

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.