9 de septiembre de 2010

La educación de Rosita (I)

¡Crash! – Todo había ocurrido en un segundo. El señor estaba leyendo en la biblioteca esperando su taza de café. No lo pude evitar. Cuando pasé mis ojos por el lomo del libro, dudé un instante. Antes de terminar de leer el título, “Rosita, la doncella esclavizada”, la bandeja se inclinó y todo su contenido se estrelló contra el suelo con estrépito.

Permanecí de pie paralizada, sin saber qué hacer ni qué decir. Mis ojos, lo único que parecía tener vida en mí, iban del libro a mi señor y de mi señor al suelo, sin saber muy bien qué hacer. Salí corriendo escaleras abajo, en busca de la escoba. Por el camino pasaron muchas cosas por mi cabeza. La primera de ellas, que iba a ser despedida. Apenas llevaba una semana sirviendo en la casa, necesitaba el empleo. Pero, sobre todo, no quería perder este trabajo en concreto. Había algo, una especie de ansiedad que me atenazó desde el mismo instante en que me presenté en la entrada y aquellos ojos oscuros se hundieron en los míos.


La entrevista había sido de todo menos convencional. Para una muchacha de provincias como yo, realizar la entrevista con aquel uniforme tan atrevido fue una prueba muy dura. Podía haberme negado, nadie me retenía allí. Pero al abrir la caja y pasar los dedos por el ínfimo delantal de seda, el minúsculo tanguita de raso, los maravillosos zapatos de tacón… no pude resistirme al deseo de mirarme en el espejo. Y cuando me vi por primera vez con aquella cofia, los pezones abultados marcándose en la tela sobre el ajustado corpiño, las nalgas apenas cubiertas por la mínima falda y lo largas que parecían mis piernas sobre los zapatos de negro tafetán, me gusté. Me gusté y mucho. Me di la vuelta examinando mi nuevo aspecto, ensayando posturas que nunca hubiera imaginado que me atrevería a adoptar. 

Apenas dos semanas atrás había llegado a Paris con mi maleta, una pueblerina más que llegaba a la capital con la intención de encontrar un empleo. No es que no supiera nada de la vida, en la aldea había conocido a un par de mozos y, según mi madre, “los pajares me atraían más de lo debido”. Pero ahora, ante el espejo, me embargaba una sensación contradictoria. Me sentía como una reina y, sin embargo, más torpe e inexperta que nunca. Por eso decidí abrir la puerta del vestidor y presentarme en la salita para realizar la entrevista. Por eso había respondido entre ruborizada y ansiosa a sus preguntas, y por eso había aceptado las extrañas condiciones que el señor imponía, desde cambiar mi nombre hasta mi aspecto físico. Cuando al cabo de un par de días recibí la carta comunicándome que había sido seleccionada, salté de alegría. Metí todas mis cosas en la maleta de cualquier manera, y me mudé a la casona de las rosas sin dudarlo.

Los primeros días habían sido excitantes. Madame Rosalía, la gobernanta, era una mujer de gesto austero y una belleza altiva que su indumentaria enlutada y sobria apenas lograba disimular. Desde el primer momento me llamó por mi nuevo nombre: Rosita. Siempre fue correcta conmigo. Me ayudó con atenta amabilidad a instalarme y se mostró paciente mientras me instruía en las tareas. Supervisó personalmente los turbadores cambios que el señor le había encomendado que realizara en mi persona, desde la depilación hasta el maquillaje, mostrándose firme pero comprensiva ante lo que ella calificó como mi “candorosa inocencia” pero que yo veía como torpe ignorancia.

Aquella tarde, Madame Rosalía había salido. Si no lo hubiera hecho, ella misma le habría subido el servicio de café al señor, como cada tarde. Y no habría vuelto a bajar hasta la hora de servir la cena, mientras me preguntaba qué harían allí arriba. Posiblemente me habría contestado lo mismo de siempre, que al señor le complacía leerle pasajes de su libro y comentarlos después con ella. Pero al descubrir el título del libro, se había parado el mundo. Un segundo, quizá menos, pero lo suficiente para cometer aquel imperdonable error. ¡La primera vez que le servía, y había estrellado todo el servicio contra el suelo!

Cuando regresé a la biblioteca el señor continuaba enfrascado en su lectura. Entré murmurando una disculpa casi inaudible y me acerqué para recoger los trozos de porcelana. Él se levantó.


Arrodíllate, Rosita – Su voz profunda me sobresaltó, pero me arrodillé automáticamente, como si la obediencia fuera la consecuencia natural de sus palabras.

Va siendo hora de que aprendas ciertas cosas…

Sentí la punta de su bastón de plata presionando en mi nuca. De nuevo obedecí. Como si llevara toda la vida haciéndolo, me postré colocando la frente en el suelo y extendiendo los brazos ante mí. Él comenzó a girar a mi alrededor. No pude reprimir un pequeño gemido. Acababa de tomar conciencia de mi postura, de mis nalgas elevadas y de estar totalmente expuesta ante sus ojos. Un latigazo de excitación me recorrió de arriba abajo. ¡Qué iba a pensar el señor de mí! Me sonrojé, rezando para que mi respiración jadeante no me delatara.

– Perdón, señor, ha sido una torpeza… - tartamudeé.

– Calla – continuó girando despacio a mi alrededor, corrigiendo ocasionalmente mi postura mediante pequeños toques con el bastón.

Obedecía de forma mecánica, sin pensar. Cuando tocó ligeramente en mi tobillo, junté las piernas. Cuando marcó una línea sobre mis riñones, seguí su trazado arqueándolos y exponiendo aún más mi sexo.

¡Dios mío! Estaba jadeando. Sin duda el señor se percataría de ello, pensaría que soy una guarra, una cualquiera… pero cuanto más lo intentaba, más difícil me resultaba contener el ritmo de mi respiración. De nuevo un estremecimiento recorrió mi sexo aumentando mi turbación, consciente de la creciente humedad que empezaba a fluir en su interior. La vergüenza golpeó con dureza en mis sienes al percatarme de que pronto empaparía las braguitas, a la vista de aquel hombre. Y lo peor es que toda esa turbación no conseguía sino excitarme más, y cuanto más me excitaba más avergonzada me sentía. Intenté concentrarme en otra cosa, en el frío suelo en el que se clavaban mis rodillas, pero no sirvió de nada. Poco más arriba esa frialdad acariciaba mis senos y sentí cómo mis pezones se endurecían. No había solución. Mi señor me despediría sin duda, disgustado por tan vergonzoso comportamiento.


Apenas levanté la vista cuando sentí sus zapatos. Se había plantado con una pierna a cada lado de mis manos. No pude reprimir un gemido de gozo y alivio cuando escuché cómo él bajaba la cremallera de su pantalón. Sin pensarlo un segundo, me lancé a engullir su miembro, sintiendo los fluidos caer chorreando por mis muslos al incorporarme. No me cabía entera, pero no paré hasta sentirla presionando en mi garganta, víctima de una ansiedad ilimitada.

Ahora sé que mi educación acababa de iniciarse...

11 comentarios:

  1. Verdadermente excitante. No soy un hombre al que le atraiga la sumisión pero contado por ti...es cuanto menos excitante.

    Me gustó.

    Mi mejor sonrisa para ti

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  2. Las palabras se deslizan por mis ojos con un grado de excitación indescriptible.

    Besos.

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  3. Eres fácil de domar, chérie. Aun me arden las mejillas.

    Besos gélidos -derretidos por mi creciente ardor.

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  4. El mito de Sexmalion…

    Un sueño muy apetecible.

    Un placer, Lady Demoniselle.

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  5. Wooow mi Rosita! y en una casa tan grande no necesitarían una sirvienta más! Porque puedo hacer las malentas ya mismo!
    Me encanta como nos metes siempre en situación
    Un besazo enorrrrme y mis caricias!
    Que pases buen finde, pero no olvides de seguir la historia, por fa!

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  6. Me temo que su educación sera de lo mas perversa, disfrutare de verle obedecer,ceder a los caprichos de su señor y sobre todo descubrir su propia lujuria, Rosita promete...

    Besitos sensuales hermosa Rosaida.

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  7. Sí... la educación de Rosita se inicia aquí: a partir del descubrimiento de cual es su lugar, del íntimo reconocimiento de las tormentosas fuerzas que se desatan en su interior, y de la acertada decisión del señor de tomarla bajo su tutela.
    Estoy impaciente por ver cómo avanza la tarea. De todas formas, imagino que su falta no quedará sin castigo,¿verdad? Porque la oportunidad que se le brinda a este moderno Pigmalión para dar una primera vuelta de tuerca que cierre el collar que tarde o temprano ceñirá sobre el cuello de Rosita es inmejorable...

    Siempre me ha parecido que el principio de los relatos, en los que se sientan las bases de los personajes y la acción son los más difíciles, y sinceramente pienso que en esta ocasión, Rosaida, lo has bordado.

    Fantástica la sensación de redescubrir esta flor de tu jardín, que nos permitiste vislumbrar en el pasado apenas de refilón, y cuya presentación formal estaba deseando presenciar.

    Mis más entusiastas felicitaciones, mi bellísima Rosaida.

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  8. Un relato que despierta la curiosidad para saber su continuacion.
    Siempre es un placer disfrutar de tus letras.

    Besos.

    Lunna.

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  9. Para ser el primer trabajo de una emigrante chica de pueblo en la capital gala, ha aprendido facilmente ha hacer el frances.

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  10. Cierto, en un relato de continuacion, el primero es sobretodo para bases y presentar personajes, pero aqui han hecho mucho mas.

    Chica tu tienes un "algo" que hace imposible no reaccionar a tus escritos, lo cuentas de una manera espectacular que solo nos hace decir "noooooo" cuando dejas el relato en contuniacion jajaja, es la verdad.

    Veremos pues (con todo placer) como sigue la educacion de Rosita.

    Por cierto, las imagenes son una maravilla tambien.


    Besote guapa!

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.