10 de octubre de 2010

Raissa. La elección del Sultán

Apenas recuerdo el día que llegué a Palacio, era muy jovencita. Pero sí me quedó marcada la mirada escrutadora de mi Sultán cuando, al cumplir la mayoría de edad, me presentaron ante él.


Acudí con las primeras pinceladas del ocaso a la zona de baños. El cielo estaba precioso, con algunas nubes coloreadas por el sol de poniente y las incipientes estrellas destacando con su intenso fulgor. Observaba el cielo mientras caminaba hacia las termas cruzando el gran patio central del Palacete, que está rodeado por unas colosales columnas y rematado en su centro por un estanque salpicado de nenúfares.

Cuando llegué a los baños, tres odaliscas me esperaban. Asearon mi cuerpo y lo cubrieron con ungüentos preparados con esencias de rosa y azahar. Me vistieron con el traje de gasa y pedrería que normalmente le ordenan ponerse a la odalisca favorita del Sultán. Estaba sorprendida, aquello no era lo habitual, siempre esperábamos las órdenes en el harén contiguo a las habitaciones del personal de servicio. ¿Qué es lo que pasaba? ¿Quizá sería la visita de algún emir amigo de mi Sultán? ¿Será que no…? Estaba absorta en mis pensamientos cuando la voz amiga de Azima me devolvió al presente.

- Raissa, el Sultán te espera en sus aposentos.

Asentí dirigiéndome hacia su estancia. Me detuve en el umbral de la puerta. Era la primera vez que visitaba el ala oeste del Palacio. Tenía el corazón acelerado y las piernas me temblaban como el cuerpo de un cachorro recién nacido. Observé deslumbrada el imponente salón que se abría ante mí, con sus techos altísimos sustentados por columnas cuidadosamente labradas, doradas por la luz del ocaso. La incertidumbre crecía en mi interior. Me sentía confundida, incapaz de manejar la situación. Algo nuevo para mí.


- Pasa, pequeña Raissa. Preséntate ante mí, quiero verte – Su voz navegó a través de la sala sin perder un ápice de sonoridad. Llegó hasta mí alta y clara, excitantemente poderosa.

- Mi Señor, su sierva se presenta a su servicio – me dirigí a Él sin levantar los ojos del bellísimo suelo, tapizado con alfombras de Damasco.

Cuando se acercó y dio dos vueltas a mi alrededor, sentí su mirada escrutadora y profunda sobre mi cuerpo. Colocó un dedo bajo mi barbilla elevando mi cabeza hasta la altura de sus labios. Me estremecí cuando en aquellos ojos negros vislumbré el deseo de poseerme.

- Ahora, mi bella odalisca, baila para tu Sultán.

Podía sentir la música en mi interior. Elevé los brazos moviéndolos como dos serpientes marcando sinuosas ondas. Las vaporosas gasas, engarzadas desde las muñecas hasta los tirantes de pedrería del pequeño corsé que realzaba mis senos, dibujaban formas sensuales perfectamente acompasadas con los pasos de mis pies desnudos y el sonido armonioso de las monedas que colgaban de mis ajorcas. Empecé a mover mis caderas con un vaivén erótico y sensual que hizo que mi Señor se removiera excitado entre los cojines de seda roja bordados en oro.

Giraba y giraba cuando su mano agarró uno de mis brazos parando en seco el movimiento de mi danza. Nuestros ojos se encontraron cortando mi respiración.


- No erraban los que me dijeron que en mi harén estaba brotando la más hermosa odalisca del reino. Un capullo presto a florecer, con la gracia de las garzas del paraíso y la fragancia de las rosas al atardecer – su voz me llegó como una dulce melodía.

- Gracias mi Señor – susurré en un hilo de voz, bajando los ojos con el rubor ardiendo en mis mejillas.

Levanté la cabeza un sólo instante, cuando escuché la carcajada que profirió ante mi sonrojo. Fueron unos segundos. Lo suficiente para apreciar la bella media luna que formaban sus blancos dientes. Desde entonces quedé hechizada por aquella sonrisa.

Acarició mi cabello acercándome a sus labios y me besó apasionadamente. Me empujó hacia abajo hasta ponerme de rodillas. No pude evitarlo y mis manos recorrieron su pecho desnudo mientras me arrodillaba. Bajé la cabeza hasta besar el suelo frente a sus pies. Él, con un movimiento certero, me despojó del corsé y desabrochó los cierres de los velos en mis muñecas. Tomó mi barbilla, elevando mis labios hacia él y volvió a besarme. Después me empujó suavemente, invitándome a continuar danzando.

Bailé sin atreverme a abrir los ojos. Y, aunque en mis mejillas el calor aumentaba por momentos, mis pies danzaban más livianos y gráciles que nunca. La sensación del aire en mis senos enroscándose por mi vientre, mis brazos libres e ingrávidos, me animaron a describir piruetas que nunca había realizado antes. Estaba fuera de mí, más allá de aquel salón, por encima de las nubes, girando frente al sol de su mirada que me iluminaba cálido cada vez que mi rostro se volvía hacia él. 

Cuando el laúd cesó volví a caer a sus pies, con la respiración entrecortada y las mejillas ardiendo de excitación. Él me tomó de las caderas, levantándome. Sus labios recorrieron la piel de mi vientre despacio, mientras sus manos me despojaban de mi última prenda. No me atreví a mirar. Apreté mis párpados con fuerza imaginando lo que acababa de quedar ante sus ojos. Mi sexo recién rasurado, espolvoreado con polvo de oro para él. Mis pezones erguidos por la excitación, apuntando hacia el cielo como dos orgullosas cimas. Él me giró, obligándome a darle la espalda, y me animó a continuar danzando con una palmada en mis nalgas.


Bailé desnuda para él. Como nunca antes lo habría soñado, como nadie lo habría hecho antes, como nadie lo haría jamás. Mis pies volaban ágiles sobre las alfombras. Cada salto me acercaba más y más hacia el cielo. Describía círculos entre las nubes, enganchando aquí y allá algún girón, que me seguía dócil hasta desaparecer en medio de vaporosas iridiscencias. Me elevaba sobre ellas saltando con la gracia de una gacela, o rodaba bajo sus voluptuosas formas esquivando su roce, que ocasionalmente acariciaba mi piel desnuda. Y de nuevo, el sol. Calentando mi piel, provocando esa reacción inusitada en mis pezones, vivamente maquillados para él. El sol atrayéndome como un imán, abrasándome a medida que avanzaba lentamente hacia él con los brazos separados de mi cuerpo, decidida a ofrecerme en sacrificio a sus llamas.

7 comentarios:

  1. Como siempre, muy bien narrado, colibrí. De seguro que aquellos movimientos tan insinuantes eran de los más excitante.

    Besos gélidos

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  2. Hermosa, virginal y sumamente deseable esta nueva variedad de rosa que nos ofreces, Rosaida, en tu infinito Jardín.

    La historia promete un oropel de voluptuosas delicias y excitantes momentos cargados de deseo.

    Ya baila en mi pupila esta Raissa morena, con grandes ojos verdes y unos labios tan sensuales como las fresas maduras.

    Ya estoy deseando leer la próxima entrega.

    Un beso

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  3. baila, baila Rosaida para su Señor...y sus piex desnudos y enjoyados reazan poemas de pasion al compaz de su danza...


    besos de una kajira

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  4. Hola Rosalda! acabo de descubrir este delicioso jardín, y como por aquí danzan odaliscas que con el pubis espolvoreado de oro deslumbran a faunos aficionados a bosques, estanques y jardines andalusíes, vendré a menudo. Besetes forestales!

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  5. Que descriptiva eres Rosaida, y lo haces con un nivel enorme ademas, creaste la atmosfera apropiada para sentir los pasos y cada movimiento de ese baile, me gusto mucho ademas el par de besos que hubo entre movimientos, buen toque.


    Besote guapa!

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  6. Desde luego te la has currado, es de lo mejor que he leido en mucho tiempo, haces que uno se meta en el papel y se sienta parte de la historia unas veces seducida y otras seductora.
    Hoy me voy fascinada y...........
    no puedo estar tanto tiempo sin pasar por tu jardin.
    Besazos y un abrazo muy calido para ti!!!!!!!!!!!!!

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.