27 de diciembre de 2010

Feliz cumpleaños

Este texto no lo he escrito yo... es un regalo.

Desde el principio lo tenía planeado. Esperaba ansioso que dieran las doce para darte tu regalo de cumpleaños. Quería que esta vez fuera diferente. Sabía que no podría sustraerme a mis inclinaciones dominantes, pero deseaba que esta vez sintieras en lo más íntimo de tu corazón que lo que hacía era para ti. Que esta vez la magia se conjuraba en tu honor. Aún así, cuando llegamos a la habitación y comencé a desnudarte no tenía muy claro lo que iba a hacer. Pero cuando mis manos empezaron a recorrer las delicias de tu fresca piel de seda, supe que sería mucho más fácil de lo que imaginaba: simplemente tenía que dejarme llevar por ellas.


Desde ese momento dejé a mi cuerpo hablar por mí, permitiendo fluir la pasión y el amor que siempre me ha llenado. Subí tu camiseta y cuando ésta tapó tu rostro inmovilizando tus brazos supe esa era la posición ideal. Privada de la visión, tu piel se erizaba a cada roce. Sentía las oleadas de placer recorrer tu cuerpo como si del mío se tratara. Me tomé mi tiempo, deleitándome. Mis manos dibujaban la línea de tus costados, tu piel respondía arrancándote ronroneos de gozo. Descendían por tu vientre terso, anunciando una intención a la que tu garganta se adelantaba y provocando ligeros temblores en esas piernas lisas como el satén que pronto acaricié, dulces a mi boca como el almíbar. Mi lengua vino a acompañarme, ascendiendo detrás de mis manos, saboreando ese aroma inconfundible que hace tanto tiempo forma parte de mi mismo ser. Tus pechos se anunciaban elevándose y descendiendo al compás de tus jadeos, cubiertos aún por el sujetador de encaje. Giré detrás de ti pegando mi cuerpo al tuyo con urgencia mientras mis manos luchaban con los corchetes. Después, con un movimiento seco, arranqué tu tanga haciéndole caer hasta tus tobillos. Sé perfectamente el efecto que produce en ti esa cadencia en la que la extrema suavidad se ve cortada de forma repentina con movimientos violentos. Lo sé porque cada sensación, cada jadeo, se introducen dentro de mí con la claridad de la luz del sol. Tu cuerpo le dice al mío lo que desea, el mío lo hace suyo y lo ejecuta.

Gritaste, como ya sabía qué harías, al sentir la ínfima prenda descender con rapidez entre tus muslos. Al fin desnuda, toda para mí. Todo para ti. Mis manos recorriendo las doradas dunas de tu espalda, ascendiendo hacia la columna alabastrina de tu cuello, rodeándolo para introducirse, impúdicas y plenas de significado, en tu boca. Mi boca siguiendo su rastro, nuestros cuerpos bailando una danza tan antigua como la humanidad. Sentí a tus pezones gimiendo con urgencia, clamando por ser atendidos. Y allí fueron mis manos, apenas rozando la suavísima piel de tus senos, demorándose y rodeando sus vértices que emergían con fiereza altivos, exigentes. Y, de repente, mi boca apoderándose de uno de ellos y tu cuerpo doblándose sobre mí, presa de un calambre de excitación. Mis manos apresándolos sin clemencia, turnándose con mi boca en sus atenciones a uno y otro que devolvían exultantes sus notas haciendo llegar su eco hasta el último confín de tu cuerpo estremecido. Te hice girar apresando tus pechos desde atrás, presionando de nuevo con mi sexo entre tus nalgas. Jugué con tus pezones un poco más, pegándome más y más, fundiéndome contigo en un abrazo que pugnaba por unirnos en un solo ser. Cuando las oleadas que irradiaban de tus pechos habían alcanzado su cénit, coloqué una mano en el centro de tu espalda y empujé hasta que tu torso terminó sobre el colchón, con los brazos extendidos delante de ti aún presos por la camiseta. 

El espectáculo de tu cuerpo era sobrecogedor. Tus nalgas perfectas ante mí, esa espalda de oro extendida hacia el infinito, las curvas precisas de tu cintura abriéndose con generosidad en tus caderas… Mis manos se apoderaron de la magnífica redondez de tus nalgas, como dos melocotones rosados, y los separé con violencia. Te oí gritar de forma ahogada, con tu boca apoyada en la colcha. Tu cuerpo me decía que esperabas mi violenta embestida. Y decidí esquivarte. Sin que te percataras de ello, me agaché detrás de ti. Mi lengua recorrió la maravillosa hendidura con calma desde arriba hasta su último confín, abriéndote a mi paso. No dejé tecla por tocar. Cada uno de los dulces secretos que se ofrecían a mi gozo fue debidamente acariciado, lamido y saboreado. Llegué hasta la cocina y regresé con mi botín de placeres ascendiendo con mi lengua por tus riñones, siguiendo el sinuoso camino de tu espalda hasta llegar a tu nuca. Ahora sí, mi sexo reclamaba su trofeo y tu cuerpo pedía a gritos que lo tomara. Entré sin dudarlo un instante en la más dulce de tus cuevas. Despacio pero sin pausa, fui hundiéndome en tu interior llenándote de mí, fundiéndome con tu alma vibrante hasta tomar completa posesión de la plaza. Mis caderas, pegadas a las tuyas, pugnaban por ascender más, por entrar más y más dentro de ti, levantándote del suelo en mi apasionado intento de poseerte por completo. 

Después empecé a descender tan lentamente como había ascendido. Tus plantas volvieron a posarse sobre el suelo de madera con la suavidad de las alas de un hada. Comencé a salir poco a poco, provocándote un estremecimiento con cada milímetro. Cuando tu cuerpo empezó a acusar mí ausencia, hacia adentro. Los movimientos se tornaron más rápidos. Tu cuerpo se retorcía ante mí dejando en mis ojos una sinfonía de ondulaciones, un mar de dunas movedizas y perfectas mudando cada vez más rápido, al ritmo de mis embestidas. Hasta que la locura se apoderó de mi mente y cabalgué tu cuerpo con el ansia de los condenados, con la desesperación del hambriento, hasta que sentí cómo estallaba en tu interior la tormenta desatando un tornado de convulsiones, aullidos desesperados y manos que se crispaban aferrándose a nuestra colcha. De buen gusto me habría dejado llevar hacia el ojo de ese huracán, pero aún era pronto. Frené a tiempo, dejando alejarse la tempestad poco a poco hasta que ambos nos mecimos en un océano de calma y ternura.

Por poco tiempo. El preciso para recuperar el resuello. Mi miembro se deslizó fuera de ti empapado en las mieles de la sensualidad, dispuesto para una nueva aventura. Sin darte tiempo a pensar se encajó en esa otra entrada, perfectamente educada por años de placer y adiestramiento, que se abrió como una flor a mi llamada. Otra vez me encontré avanzando en tu interior, abriendo las aguas de tu mar como la quilla de un barco. Solo que esta vez, el océano era de puro fuego y tu voz acompañaba mi viaje con un único y larguísimo gemido mientras mi mástil avanzaba hasta lo más recóndito de tu cuerpo. De nuevo tus pies perdieron contacto con el suelo, tus manos se aferraron a tus cabellos a través de la camiseta que los ocultaba y tu espalda volvió a poblarse por las huellas del oleaje. Despacio, como una ola que se niega a retirarse de la orilla, fui vaciando el dique que me alojaba hasta el mismísimo límite de tu piel, ahí donde tu cuerpo aúlla de pena por la soledad a la que se le condena, para volver a irrumpir dentro de ti una y otra vez. Y de nuevo la tempestad se dibujó en tu espalda dorada y el oleaje se elevó hasta engullirnos a ambos en una vorágine de gritos y sensaciones. Vi cómo te elevabas hasta el cielo una y otra vez, y supe que había llegado el turno de desenvolver tu segundo regalo.


Con un gemido ronco ascendiendo por mi pecho, solté mis propias amarras, las únicas que nos mantenían unidos a tierra, y nos hundimos en el torbellino. No puedo relatar si el ritmo fue rápido o fue lento, si giramos al unísono o desacompasados. Caímos dentro del agujero como dos náufragos en medio de la tormenta hasta que, llegados al mismísimo ojo del huracán, la tempestad estalló en una sinfonía de espuma y oleajes, de crestas blancas y violentos vaivenes, de abruptas pendientes y dunas interminables hasta que, cuando natura lo dispuso, nos arrojó exhaustos hasta la orilla donde yacimos abrazados, boqueando en busca de un poco de aire, del agua de nuestras propias bocas, del refugio de nuestros cuerpos estremecidos. 

Rodamos sobre las sábanas fundidos el uno en el otro, nuestras mentes aún febriles por la pasión, nuestros corazones inflamados de amor y de ternura. Manos que toman las otras, dedos que acarician rostros, labios que los besos humedecen y se vuelven a secar al instante por el fuego que todavía les abrasa. Ojos que se bañan en las pupilas del otro, palabras que vuelan aladas, susurradas por unos labios pegados al oído del otro. Corazones que palpitan al unísono desgranando juntos las notas de un adagio eterno, un canto a la dicha y al placer.

La felicidad llenaba tu mirada cuando te pregunté si estabas disfrutando con tu regalo. Abandoné tu boca descendiendo de nuevo hasta tus pechos. No te permití sospechar ni por un momento mis intenciones. Jugué con mis besos en tu vientre y con mi lengua en tus costados, haciéndote desearlo como nunca antes de lanzarme por sorpresa hacia tu sexo.

Esta vez no te hice esperar tensando la cuerda hasta lo imposible. No jugué con tu deseo elevándote y hundiéndote en el abismo. Nada de control, nada de mando. Sólo gozo y placer. Sólo tu regalo. Me dediqué a pulsar las más deliciosas notas que tu cuerpo puede tañer. A tocar cada acorde que fui capaz de componer, dejando que se deslizara la voz cantante sobre sus compases con alegre armonía, ejecutando cada nota con un solo fin: el de provocar el más refinado placer, la sensación más gozosa. Los solos se fueron sucediendo descendiendo vertiginosos hacia las profundidades para emerger de nuevo, victoriosos, sobre la espuma de la carne hasta que, cuando las trompas rasgaron el cielo con sus notas vibrantes, toda la orquesta se lanzó unida persiguiendo al solista rápido como el viento, directo hasta la diana.

No. Esta vez no se trataba de hacerte morir de gozo, de llevarte hasta un límite insoportable para hacer saltar la banca por los aires una y otra vez. No se trataba de usarte para mi gozo y disfrute, mi perfecta esclava, adiestrada y deliciosa hasta la perfección. Ni siquiera de desafiar la capacidad de gozo que es capaz de albergar tu cuerpo, afinado como un diapasón. No, cariño. Esta vez, mi amor, se trataba simplemente de regalarte el placer y la dicha. Simplemente eso. Un regalo de placer y de amor envuelto con un lazo de ternura. Mis manos lo tallaron para ti. Espero que lo hayas disfrutado.

6 comentarios:

  1. Sin duda el mejor de los regalos ver disfrutar a quien amamos justo a nuestro ritmo entre gemidos y pruebas de placer.

    Me ha encantado pasar hoy por tu hermoso jardín Rosaida recibe un besito desde mi pequeña orilla.

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  2. Pues no se me ocurre mejor regalo!!! Se lo currõ, eh!!!
    Y me encanta la idea porque... Cumplo en dos semanitas, jeje
    Un besazo, mi enhorabuena, mis felicitaciones y mis caricias, por supuesto

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  3. Que pases unas felices fiestas y que la armonía, la paz y la felicidad entren en tu hogar.

    un abrazo.

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  4. De lo que estoy seguro es de que Él disfrutó tanto como ella con el regalo. ¡Qué cara! Así cualquiera hace un presente.
    Lo digo porque según lo leía no pude evitar pensar en más de una ocasión que el verdadero regalo era ella...

    Un beso navideño.

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  5. prexciosas palabras que metransportan, muy bello presente, tu lo mereces eso y mas..


    besos de una kajira

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  6. ¡Que gran regalo! Disfruta del año nuevo, un abrazo y un beso íntimo ;)

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.