27 de marzo de 2011

Rosmery (II) En la mansión

El sol teñía de rojo el cielo cuando llegué al umbral de la puerta hecha un manojo de nervios. Antes de llamar eché un vistazo rápido a ambos lados de la calle en busca de algún mirón. No vi a nadie, aunque la capucha de la capa me impedía divisar toda la avenida - Bien, parece que no hay nadie. Levanté la mano temblorosa para empuñar la aldaba y golpear tres veces como me habían indicado. Cada segundo me pareció interminable hasta que oí el chirrido sordo de la puerta al abrirse.


- Bienvenida. Acompáñeme, la están esperando.

Seguí a aquel hombre enjuto de cabello grisáceo hasta una sala de techos altísimos. Los muebles de estilo colonial eran de madera oscura. De algunas paredes colgaban tapices con motivos florales, sátiros y ninfas. En una de ellas había una gran chimenea que, junto a los candelabros, aportaba a la estancia una luz tenue, cálida y muy acogedora.

- Espere aquí, joven.

Abrió una puerta de doble hoja y desapareció cerrándola tras de sí. Allí me quedé, de pie en mitad de la sala. Estaba tan nerviosa que fui incapaz de moverme del sitio. Observaba con detalle los decorados de aquella enorme estancia mirando el fuego de la chimenea cada vez que rompía el silencio con sus chisporroteantes llamas.

Estrujaba entre mis manos la nota que había encontrado en mi camerino al terminar el desfile. Una dirección, una hora, tres golpes en la aldaba. ¿Por qué la había asociado automáticamente con el hombre de mi sueño? ¿Por qué mi corazón se aceleró de esa forma? ¿Por qué necesitaba que fuera él, que se cumpliera aquella fantasía onírica, sentirme humillada y sometida? ¿Que me follara sin piedad, como en mi ensoñación?

Aún no me había percatado de que seguía llevando puesta la capucha cuando vi que la puerta se abría de nuevo dando paso al mismo hombre que me había recibido.

- Sígame, por favor.

Sin decir más, se dirigió hacia la puerta por donde había entrado. Le seguí cabizbaja, con los pies desnudos porque al entrar en la mansión, el hombre me había indicado que me descalzara y dejara allí mismo los zapatos.

Recorrimos varios pasillos hasta llegar a una sala donde me esperaba una sirvienta con aspecto un tanto ordinario. Era bajita y bien entrada en carnes. Sonreí al verla porque me recordó a la forma ovalada de las aceitunas, aquellas que pendían de los olivos que cosechaba mi abuelo. Pero su mirada inquisidora y el ceño fruncido de aquella cara agriada borró de un plumazo la sonrisa de mis labios.

- Ofelia – le indicó el mayordomo – prepara a la señorita tal y como ha ordenado el señor.

Ella asintió sin dejar de fruncir el ceño. Giró sobre sus talones. Tenía los tobillos excesivamente finos para su pesado cuerpo. Daba la sensación de que iba a romperse de un momento a otro.

- Sígueme – me molestó que me tuteara. En contraste con la educada deferencia con la que me había tratado el mayordomo, rayaba el insulto.

La seguí hasta una puerta al final del pasillo. Ofelia se hizo a un lado y me indicó con un gruñido que pasara delante de ella. Los espejos que cubrían las cuatro paredes del impresionante vestidor multiplicaron mi imagen hasta el infinito. En el centro, resaltando vivamente sobre un banco tapizado de terciopelo rojo, aguardaba un hermoso corsé de cuero negro. Debajo del banco había dos zapatos de finísimo tacón. A la desagradable criada le faltó empujarme hacia allí. 

- Desnúdate y póntelo.

Su osadía había pasado un límite que no estaba dispuesta a tolerar.

- ¿Cómo? – respondí enfadada, encarándome con ella – ¿Quién te crees que eres tú para mandarme? – Le sacaba bastante más de una cabeza, y desde arriba me pareció ver cómo su rostro se desencajaba.

- El señor ha dado instrucciones precisas. Si no desea vestirse puede esperar aquí mientras voy a informarle. – repuso con firmeza, guardando por fin las distancias. – él ha elegido personalmente cada prenda. – comenzó a retorcerse las manos – Le ruego que se lo ponga, por favor… el señor se enojará muchísimo conmigo… – murmuró en un hilo de voz.

No sé por qué, pero sentí lástima de aquella criatura, gorda y desaliñada. Imaginé que su señor la castigaría si no lograba su cometido... y una punzada explotó en mi sexo imaginándola semidesnuda, atada a una argolla y azotada de forma inmisericorde por el látigo de su señor. No por ella, algo me decía que se lo tenía bien merecido, sino por la imagen del hombre misterioso empuñando el látigo y el trazado de las finas líneas rojas sobre la carne blanca.


Confusa por las vívidas imágenes y ante mi propia reacción, comencé a desnudarme de forma maquinal. Al fin y al cabo, por mi profesión estaba acostumbrada a cambiarme de ropa docenas de veces al día, a menudo ante ojos extraños. Mi propio sentido profesional vino esta vez en mi auxilio, y poco después Ofelia tiraba con fuerza de los cordones del corsé que se ajustaba a mi cintura, elevando mis senos mientras amenazaba con robarme para siempre la respiración. Cuando terminó de anudarlo abrió una de las hojas del espejo y extrajo una caja de madera, que abrió ante mí. En su interior aguardaba un collar de cuero brillante, con una argolla en el centro bajo una chapa de acero en la que figuraba cincelada la palabra ‘slave’. Junto a él, dos pulseras brillantes del mismo material, anchas como si fueran muñequeras masculinas, con sendas argollas a juego con la del collar. La criada me ayudó a ponérmelas con sus manos regordetas. Sus dedos rechonchos lucharon un rato con las correas hasta conseguir ceñirlas a mis muñecas. Después me pidió que me sentara e hizo lo propio con el collar. La verdad es que el conjunto no estaba nada mal. El corsé era algo sobrio, pero de curvas finas y elegantes, y los complementos eran perfectos. Miré a mi alrededor en busca de unos pantalones o una falda. Ofelia se percató de ello.

- Quítese las braguitas, por favor – me indicó sonrojándose ligeramente.

Lo hice.

7 comentarios:

  1. ...y que mássssssssssssssss??????
    ayyyyyy!!!! que me matas de un infarto!!! jajaja!
    Volveré...
    Cariños.

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  2. Hummm... me encanta volver a ver a Rosemery en acción. Estoy ansioso por ver cómo una mujer tan bella, culta e inteligente puede llegar a seguir un impulso tan irracional.

    Como siempre, me encanta cómo lo describes. La situación, sus reflexiones, las emociones, las dudas, la curiosidad. Y si la protagonista es tan bella como la escritora, pues mejor que mejor.

    Yo tabién deseo que nos entregues la continuación pronto, porque me dejas en lo más intersexante...

    Un beso

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  3. De momento me pido la sirvienta regordeta... según avance el relato veré si cambio de personaje! jeje
    Si en primavera nos tienes tan cardiacos...qué dejamos para los calores veraniegos "mien dieu"!
    Te dejo mis caricias y un besazoooo

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  4. Preciosa!!!
    Te dejé unas preguntitas en mi blog, si tienes tiempo y gustas, ahí están.
    Cariños.
    http://martxelandsweetworld.blogspot.com/

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  5. Lady, me deja ud en un punto ciertamente comprometido…

    Es ud una deliciosa fleur du mal, hermosa jardinera.

    Besos


    (Siéntase extraordinariamente deseada, RoseLady)

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  6. Una vez más, con tus palabras creas un ambiente del que es imposible escapar.
    Una vez más, una situación natural adquiere con tus letras, tintes de grandiosidad.
    Una vez más, desearía uno ser el mayordomo, la criada regordeta o incluso la nota que estrujas entre tus manos, simplemente por poder decir: yo estaba allí...
    Una vez más... envidio al hombre que espera tras la puerta de ese salón...
    Una vez mas…
    Mis mejores deseos...

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  7. Uff como me alegro de volver a leerte, creo que mi día a mejorado un poco gracias ;)

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.