27 de abril de 2011

Raissa. La flor de Palacio (I)

Azima se acercó sigilosa a mi lecho. Me despertó con delicadeza. Acarició mi cabello con sus finos dedos y depositó un beso en mi mejilla.

- Cuéntame ¿cómo fue tu estreno con el Sultán? Sus ojos negros brillaban de curiosidad mientras sus labios desplegaban una amplia sonrisa.

- Buenos… -carraspee para aclarar mi voz- buenos días, Azima.


La luz del día entraba con fuerza a través de la labrada celosía del ventanal. La brisa matutina refrescaba el ambiente despertando los sentidos.

Desperté embriagada por las sensaciones que mi Sultán había dejado impresas en mi cuerpo y los sentimientos que habían despertado en mi alma. Me sentía cambiada. Yo ya no era la misma. Tardé unos segundos en responder a mi querida Azima.

- ¡Ay, Azima, mi alma le pertenece! – comencé.

Nos interrumpió el abrupto sonido de la puerta al abrirse. Me incorporé sobresaltada mientras miraba a Azima, que se puso en pie de un brinco. Era Ofelia.

- Niña, el Sultán ha ordenado que te mudes a otra habitación. Ya está todo listo. Sígueme.

Ofelia es una mujer que sirve en Palacio desde hace años. Durante un tiempo se esmeró en servir al Sultán con el fin de hacerse un hueco en su corazón, pero su labor resultó inútil.

Con el tiempo, Ofelia fue llenándose de rencores. Sabía que era poco agraciada y envidiaba a todas las jóvenes que pasaban a formar parte del harén del Sultán. Cuando entró en el aposento brillaba en sus ojos la ira que invadía su alma.

- ¿Las señoritas harán el favor de levantarse o tendremos que esperar aquí toda la mañana? – graznó tirando enérgicamente de las sábanas.

Me levanté presurosa, apenas cubierta por la túnica de seda transparente. Los ojos de Ofelia recorrieron mi figura de arriba abajo, componiendo un gesto de desprecio que a duras penas conseguía ocultar la envidia que envenenaba su corazón.


- No dejes que te amargue el día – me susurró Azima mientras me guiaba por el pasillo detrás de la rechoncha criada – ya sabes que la recogió nuestro Sultán en uno de sus viajes extraoficiales. Cuentan que la encontró sola y desamparada en una lejana y polvorienta ciudad. Nuestro Señor se extravió en el zoco de la ciudad y, al torcer una esquina, una mujer cubierta de harapos se arrojó bajo los cascos de su caballo cortándole el paso. El Sultán ordenó que le dieran unas monedas, pero la mujer se aferró a las riendas de su montura solicitando su auxilio. Nuestro Rey, siempre magnánimo, se interesó en su historia y la mujer le contó que estaba sola en el mundo y sobrevivía a duras penas de la limosna que sacaba vagando por las calles. Apiadándose de la pobre criatura, ordenó a uno de sus súbditos que la diera de comer y fuera conducida a Palacio para servir en la cocina. Pero Ofelia era una mujer ambiciosa, yo creo que debía estar mal de la cabeza, porque cuando el séquito entró en Palacio y vio que era conducida hacia las cocinas montó en cólera, liando tal escándalo que fueron necesarios cinco hombres para reducirla. Durante mucho tiempo juró a todo el que quisiera oírla que era víctima de un error, y que el Sultán la había traído a su reino para desposarla. Cuando la historia llegó a oídos de nuestro Señor, demostró de nuevo su grandeza ofreciéndole una audiencia privada para explicarle su error. Pero, no contenta con ello, aún se mostró airada ante su clemente generosidad. Nuestro Rey sintió la tentación de olvidar su juramento y hacerla ajusticiar allí mismo. Pero, hombre de palabra, decidió al fin devolverla al servicio y que fuera empleada como camarera, oficio que ejerce desde antes de que yo llegara. Cuentan…


Azima me contaba la historia de la mujer mientras atravesábamos un gran patio donde las fuentes brindaban su frescor al sol de la mañana; cruzamos bajo dos grandes arcos labrados en forma de herradura; recorrimos una esbelta galería cuyos techos, cubiertos de un finísimo artesonado, recordaban las ramas de un bosque otoñal y, por fin, la rechoncha figura se detuvo ante el dintel de la puerta de una enorme sala tapizada de alfombras multicolores. Cuando ésta se giró, Azima calló de inmediato, bajando los ojos al suelo.


8 comentarios:

  1. Aysssssssssssssssssss... luego dicen que yo dejo a todos en suspenso, jaja!!!
    Apuraaaa!!!!!
    Besuquitos!

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  2. Poseída en cuerpo y alma...

    Esperaremos impacientes por la segunda entrega...

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  3. Locuras en el palacio...
    ¿Quién es más loco? ¿El loco que lo es o el que por piedad se lo permite?
    ¿Hasta dónde ha de llegar la clemencia, la compasión, la lástima... la debilidad...?
    ¿No sería más feliz Ofelia al lado de alguien que la amara que carcomida por sus deseos imposibles?
    ¿O quizás se debe aspirar a un imposible para poder ser feliz?
    Pobre Ofelia, vive rodeada de lujos, de hermosura, de felicidad… y en vez de dar gracias por lo que tiene, la reconcome aquello que no ha conseguido…
    ¿No es ese muchas veces nuestro pecado? ¿Preocuparnos más de lo que no tenemos que de los que poseemos?
    Quizás todos somos un poco como la pobre Ofelia…
    Una vez más, lady Rosaida, nos envuelves en mágicos ambientes (y esta vez muy de mi gusto, como supongo ya imaginarás) y nos dejas con la dulce miel en los labios…
    Espero recibir pronto la continuación para no tener que vivir con el amargor de desear lo que no poseo… es decir… la continuación de tan hermosa historia.
    Un beso desde la solitaria torre de mi mansión.

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  4. En efecto, en mi opinión el Sultán ha cometido un grave error. Posiblemente movido por su naturaleza generosa y clemente, quizá en aras de la palabra dada, pero los errores se pagan siempre.

    Debió castigar a Ofelia al término de la audiencia que ya de forma excesivamente benevolente le ofreció. Debió devolverla a las calles polvorientas y a la mendicidad que su alma oscura merecían, aquellas que se había ganado con sus propios actos a lo largo de su vida.

    Una Ofelia envenenada por el despecho y la maldad, corroída por la envidia y los malos sentimentos solamente podrá traer problema a Palacio. Y, lo que un día pudo haber resuelto con un exilio, podría acabar para la misma Ofelia, en una pena mucho mayor, quien sabe si conducirla a perder la vida, y traer a Palacio la desgracia y el dolor.

    A mí la fábula me ha resultado sumamente instructiva: nadie dijo que el ejercicio del Poder fuera fácil. A menudo hay que tomar decisiones tajantes e ingratas, para evitar males mayores.

    Esperemos que la cosa no acabe mal. Dar alas a la mezquindad y la malicia no suele traer buenas consecuencias, y una serpiente suelta por esos jardines donde los habitantes danzan descalzos y confiados podría traer la mayor de las desgracias, el luto para la nación, el dolor para los supervivientes...

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  5. El jardín se transformó en jardines... Los jardines de todo palacio árabe. ;)

    Besos.

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  6. aromas de las mil y una noches en cada una de tus letras

    aromas a jazmin al recorrer los pasillos del harén

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  7. Me ha gustado mucho la lectura de tu nuevo relato,sensualidad de oriente cargada de amores y de intrigas esperare impaciente la entrega de los siguientes capítulos, besitos volados hermosa Rosaida.

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  8. me pierdo, me extasío en las historias que escucho en tu jardín....


    besos de una kajira..

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.