24 de junio de 2011

La Dama rendida


En los hermosos jardines de algún lugar escondido
donde las fuentes ofrecen la melodía de sus aguas
y las arboledas premian con el frescor de sus sombras,
paseaba una joven Dama de aspecto lánguido y melancólico.
Su caminar era lento. Cada pocos metros se detenía
bajo el ramaje de un sauce llorón a contemplar la rosaleda,
hundiéndose en la fragancia de la reina de las flores.
En un banco, junto a una de las hermosas fuentes,
yacía un hombre con el rostro medio cubierto
por el ala de un sombrero. Tan sólo sus labios,
definidos por un bigote tosco y una desarreglada perilla,
se encontraban fuera del refugio que le ofrecía la prenda.
La Dama se detuvo a contemplar las bellas flores de los nenúfares
que flotaban en las ondulantes aguas de la fuente esculpida en mármol.
Observaba el vaivén de las plantas al mismo tiempo que su lánguida mirada
se desviaba hacía aquel hombre que parecía dormir bajo la protección
de su empolvado y viejo sombrero.
La joven, refinada y elegante, que había sido educada en la alta alcurnia
donde los caballeros se inclinan cortésmente besando las manos de las Damas,
nunca hubiera sospechado que bajo su piel de porcelana
pudiera latir aquella masa de fuego incandescente.
Cuando el montaraz alzando el sombrero clavó la mirada en sus ojos,
la desnudó por completo despojándola de todo artificio,
revelando a la hembra en su esencia más primaria.
Un latigazo de deseo recorrió su cuerpo robándole la respiración.
Sintió la humedad empapar de golpe su sexo estremecido.
No podía ni quería retener la impúdica necesidad que inundaba su ser,
desde lo más profundo de su alma hasta las mismas cimas
de sus endurecidos pezones.
Nunca había sentido esa pasión estallando en su interior,
ese volcán en erupción sometido a la fuerza de su propia naturaleza.
El Señor mantuvo la mirada clavada en ella mientras su boca
modulaba una serie de palabras que la joven no alcanzó a oír.
Una vez más, la sinrazón volvió a dominar sus instintos,
entregándose al destino de sus deseos más ocultos y desconocidos.


La Dama no quiso saber la razón de su sinrazón
cuando cayó rendida a sus pies,
lamiendo las botas gastadas de aquel hombre
sin destino, sin vida ni nombre.

8 comentarios:

  1. El impulso, el instinto, a veces nos guían mucho más que la razón.
    Preciosas y sensuales letras, Rosaida.
    Cálido beso.

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  2. Seguramente no sería tan sinrazón si no nos dedicasemos tanto a controlar nuestra esencia, a ser tan politicamente correctos que dejamos de ser y sentir.

    Muy hermoso, un beso muy dulce

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  3. Dama, dama
    de alta cuna,
    de baja cama,
    señora de su señor…


    …amante de un vividor.


    Besos, los más oscuros de mis cultivos más profundos, bella jardinera.

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  4. El poder de una mirada... ¿o la dama y el vagabundo?.
    Por como definís al montaraz podría ser el mismísimo Capitán Alatriste... ¿y que dama se no se rendiría a un ser así?
    Afortunadamente aún pueden más los sentimientos que la ¿educación?.
    Afortunadamente aun somos capaces de, de vez en cuando, dejarnos llevar por el instinto...
    Un beso Milady Rosaida.
    Un placer esconderse en la frescura de vuestro jardín.

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  5. Hermosa rendición, Rosaida.

    Resulta fantástico ser testigos del momento en que se quiebra su coraza de porcelana y observar los primeros destellos de la lava fluyendo en su interior.

    El foco puesto en una escena precisa, exacta, mágica. Un lance digno de ser observado en sí mismo con la debida atención, al margen de su anhelado desenlace.

    Un placer, como siempre, perderse entre las umbrías de tu Jardín.

    Un beso

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  6. Entrega, abandono y, ¿por qué no?, sumisión... auténticas expresiones de deseo; de deseo irracional...

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  7. Hermoso texto y preciosa la imagen de Marisan Berenson en esa película inolvidable.

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  8. Me encanta como escribes chiquilla! Y me encanta como nos abres los ojos. Sucumbamos a la sinrazòn.
    Te dejo mis caricias!!!

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.