5 de junio de 2011

Ritual tántrico ( y III)

Ahora le tocaba a él, a mi querido amante. El mismo ritual: ascender por los pies hasta las ingles y subir desde el vientre hasta los hombros. Cuando comenzó a darle placer a través de su verga erecta no quise perderme un solo detalle. La observaba con ansias de aprender. Quería conocer esa nueva técnica empujada por el deseo de proporcionarle con mis manos un placer diferente en nuestros momentos de pasión. Añadir un gozo más al abanico de sensaciones orgásmicas.

Con las manos bañadas en aceite, derramó una pequeña porción sobre su miembro. Comenzó a deslizar sus dedos por los testículos estimulando cada zona erógena de su piel. Sus manos se movían expertas. Con rápida delicadeza exploraban cada pliegue circunvalando armoniosamente sus curvas genitales. Una de las manos escaló por el tronco endurecido de su falo, hasta terminar sujetando el glande contra su vientre. Inmediatamente después la otra recorrió el mismo camino para encontrarse con la primera en el húmedo colofón. 

Mi amante cerró los ojos mecido por las sensaciones que le proporcionaban aquellas ágiles manos. Yo les observaba embobada y también excitada de una forma que trascendía lo puramente visceral. Saltaba del rostro gozoso de mi amante a las manos hábiles de la joven, y en éstas me detuve cuando vi cómo manipulaba su glande descubierto y completamente embadurnado en aceite. Esto le permitió apresarlo entre sus palmas y durante largo rato friccionó la totalidad de su cúpula con suma energía. Mientras la respiración agitaba el torso ungido de mi amante, se dedicó a recorrer lentamente su anillo desprotegido. Pasado un tiempo lo capturó y sus dedos pulgares se movieron presionando y masajeando la hendidura sensual del glande.

Cuando finalizó yo seguía en mi nube de placer, relajada y empapada, observando el rostro feliz de mi amante. Nos miramos sonrientes. No pude reprimir besarle con todas mis fuerzas, agradecida por la sorpresa y henchida de amor.

La joven aguardó con una amplia sonrisa. Después de expresarle cuánto nos había gustado y lo satisfechos que habíamos quedado, abandonó la habitación invitándonos a disfrutar de la estancia todo el tiempo que fuera necesario. Empezamos a acariciarnos. Era maravilloso sentir nuestros cuerpos brillantes y resbaladizos. Cada caricia deslizándose uniformemente sobre una piel que parecía no tener fin. Los dedos de mi amante visitaron cada una de mis grutas, ayudados por las propiedades del aceite. Era sublime, casi místico, sentir esos dedos que tan bien conocía patinando entre los pliegues íntimos de mi piel. Y mis manos… ¡dios! mis manos esquiaban por sus cimas. Me sentía una diosa manejando su miembro con la magia de los prodigiosos. Nuestros cuerpos se reflejaban en el espejo del cabecero cuando me puso a cuatro patas sobre el futón para embestirme por detrás. Entraba y salía con gran facilidad, alternando cada vez el destino de su miembro. Cuando acompasados nos dejamos llevar, el orgasmo fue tan divino como maravilloso. Yo aullaba como una loca, mientras él bramaba derramando su magma en mi interior.

Caímos exhaustos. Él, con medio cuerpo encima de mi espalda, besaba mi cuello con dulzura. Los escalofríos erizaban mi piel sacudiendo el aceite que aún me cubría. Sus palabras susurradas eran tan hermosas como las flores que adornan mi Jardín. Después de besarnos y acariciarnos, de susurrarnos al oído y confesarnos nuestra dicha, nos dimos un baño borrando hasta la última gota del maravilloso aceite que durante más de tres horas había deleitado nuestra piel. Nos despedimos efusivamente de la joven que también se mostró encantada con nuestra visita. 

Después de la esotérica celebración, la brisa nocturna nos recibió con el húmedo frescor de la primavera. ¿Dónde acabaría la noche? -me preguntaba.- Él me guió entre calles iluminadas con altas farolas. Salpicado de nubarrones, el cielo de la ciudad amenazaba con dejarnos su preciado, pero incómodo, tesoro. Anduvimos cogidos de la mano durante un rato hasta que llegamos a las puertas de nuestro segundo destino: un restaurante escondido en un rincón de una avenida. Su preciosa terraza estaba delimitada por una franja de tierra cultivada con bambú que resguardaba su interior de las miradas furtivas de los paseantes.

Aunque llegamos con retraso, el maître nos esperaba con la mesa preparada. La cena discurrió entre manjares exquisitos, miradas seductoras, una botella de rioja excelente, caricias provocadoras, besos apasionados y palabras románticas. Para terminar, pedimos unos aromáticos cafés que mi amante solicitó que nos sirvieran en la zona más íntima de la terraza. Esta zona albergaba unos sofás muy cómodos y una mesita baja en el centro. Un grueso toldo de tela negra, tenso como una vela, hacia las veces de techado. Nos vino muy bien, ya que la amenaza del cielo se hizo patente obsequiándonos con una fina lluvia. Después de los cafés tomamos un par de mojitos. Saboreamos con placer cada uno de sus inmejorables ingredientes: un puñado de besos dulces, fruto del deseo licuado, un ramillete de pasión, un buen chorro de fuego ardiendo en su interior y alegría picada dando cuerpo a un coctel único para una noche especial.


9 comentarios:

  1. Una velada deliciosa digna de ser revivida una y otra vez.
    Un día para recordar toda una vida.
    Un recuerdo imborrable, preludio de jornadas aún más intensas y placenteras...
    Un nuevo soplo de fresca y aromática brisa que nos acaricia el cuerpo en este maravilloso jardín.
    Una vez más, sublime, lady Rosaida.
    Un beso desde el viejo torreón de mi mansión desde el que, cual lascivo voyeur, no dejo de observar tu precioso y lujurioso jardín.

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  2. Inolvidable.
    Experiencias así han de ser inolvidables... y con el toque de sentimiento, uffffffffff...
    Perfecto!
    Feliz de haber pasado por tu jardín ;)
    Gran beso.

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  3. Estos rituales dan vida y provocan nuevas sensaciones que nos erizan la piel.
    Me ha encantado leer este ritual, me ha encendido la piel.
    Mi niña, son geniales tus escritos, me gusta siempre volver para leerte.
    Besos y susurros muy suaves

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  4. Humm... por lo que veo acertó con la sorpresa. Y no salió indemne de ella tampoco, así da gusto sorprender.

    Estarás de acuerdo conmigo en que cuando se guardan en secreto hasta el último momento los planes, éstos parecen salir más redondos si cabe, más sublimes, más inolvidables.

    ¡Qué tendrá el saber que algo nos espera que mantiene todos nuestros sentidos alerta! Su efecto me recuerda al que produce la venda en los ojos de una mujer apasionada: la piel se eriza y cada roce, cada caricia, cada azote, adquieren una intensidad especial.

    ¿Podríamos decir, pues, que el secreto y la sorpresa son un poderoso activador sensorial?

    Yo creo que sí.

    Bellísimo relato, Rosaida, casi tanto como imagino a su autora, con esa piel brillante por los aceites y dorada por la luz de las velas. Una imagen que yo, al menos, no olvidaré.

    Un beso.

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  5. Acuso el recibo de vuestra cálida prosa epistolar, Lady Rosaida. Embelesado aun por su lectura, le ruego que acepte este humilde regalo para que prenda en su más íntimo jardín.

    Besos, bella dama.

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  6. Sorpresas así deberían ser obligatorias cada cierto tiempo!
    Sigo muriendo de envidiaaaaa, pero te dejo mis caricias, muak!

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  7. Ojala me sorprendieran hoy con una ritual de estos! ;P

    Besos.

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  8. Es una verdadera delicia volver a pasear por tu exquisito jardín mi querida Rosaida, un tántrico encuentro que tu describes con una sensualidad sublime mmmm...
    Besitos volados.

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.