4 de septiembre de 2011

El juego de los espejos (final)

Abrí la puerta. Justo antes de que él cruzase el umbral me lancé a sus brazos, pero una mano sobre mi pecho detuvo en seco mi deseo.

- No mi putita, no. Antes comprobaré si has hecho bien los deberes.

Le sonreí encantada sin apartar mis ojos de los suyos. Entonces me giró y empujándome hacía el interior con delicadeza me soltó un pequeño azote de bienvenida.

Poco después se sentó en el borde de la cama y me ordenó que le mostrara mi cuerpo decorado. Yo, de pie, sobre mis altísimas sandalias comencé a provocarle. Me encanta hacerlo porque veo cómo poco a poco sucumbe sin remedio ante mi lujuria. Entonces le miré lasciva mientras me metía el dedo índice en la boca. Lo chupaba jugando con la lengua. Me aseguré de que él no perdiera detalle. Me lo metía y sacaba de la boca con lametones muy lentos cuando, aprovechando el momento, comencé a mover insinuante las caderas ante su mirada que, en ese instante, me ofrecía impasible. Pero mi deseo crecía y con él las ansias de llevarle conmigo hasta los instintos más perversos.


Sin dejar de contonear el trasero, me saqué el dedo de la boca y arrastrando con suma lentitud las palabras fui señalándole uno a uno los espejos donde se reflejaban las zonas decoradas de mi cuerpo.

- Ahora… mi Señor… mi Rey… Amo… mi Dueño… observad el resultado de la obra… mirad con atención… el cuerpo… de… su… puta.

Escuchaba atentamente cada una de mis explicaciones mientras su mirada, ahora más sugerente, seguía con esmero las indicaciones de mi dedo índice. Observé cómo el deseo brillaba en sus ojos, cómo cruzaba las piernas intentando ocultar su erección cada vez más evidente. ¡Dios me estaba poniendo a cien mil! Estuve a punto de lanzarme de rodillas a sus pies, arrancarle el pantalón y tragarme de un solo bocado toda su verga. Pero no lo hice, a pesar de que mi deseo acuciante me empujaba a ello, no lo hice.

Continué con mi última creación, el dibujo sobre el nacimiento de mis nalgas que reproducía las lenguas ardientes del averno. Sus ojos se encendieron hasta enrojecer cuando miró las llamas de mi trasero danzar por encima del látigo de Satán. Él estaba a punto de estallar y yo a punto de sucumbir por el deseo. Estábamos excitadísimos. Rápidamente la habitación se empapó con el aroma de nuestros sexos.

- He de reconocer, putita, que lo has hecho… todo… muy bien –me dijo mientras se acercaba a mí.

- Mi Rey se merece lo mejor –le susurré al mismo tiempo que acariciaba su verga palpitante.

- Para… para, zorrita, que tengo muchos planes para esta noche –murmuró abrazando mi cara con sus manos y besándome con ternura primero la frente, después cada uno de mis ojos y por último los labios.

Su dulzura me desarma. Aunque tan sólo me muestre la punta del iceberg que atesora su Amor, yo sin poderlo evitar me deshago entre sus brazos. Le abracé con fuerza entreabriendo la boca para que nuestras lenguas se encontraran. Fue un beso apasionado, ardiente y cargado de intenciones. Fue la antesala de una noche inolvidable. Una más para el recuerdo.

Fui desnudándole despacio pero aceleré mis movimientos a medida que iba descubriendo su piel. Necesitaba tocarle, besarle, lamerle, tragarle. Respiré su aroma desde la punta de su oreja hasta la mismísima punta de su glande. Le olisqueé como una perra. Me encanta restregar la nariz por sus testículos mientras respiro hondo la fragancia de su néctar y al mismo tiempo lamerlos hasta dejarlos completamente empapados.


De repente estalló la tormenta. Me cogió en volandas y me llevó hasta la cama soltándome en ella. Fue como si un huracán se hubiera apoderado de nuestros cuerpos. Tumbada boca arriba, con los codos apoyados y las piernas medio flexionadas, agarró mis rodillas y separó del todo mis piernas. Mi sexo estaba desplegado ante él, completamente expuesto y dispuesto a satisfacer sus deseos. Se colocó de rodillas entre mis muslos. Cogió mis brazos obligándome a apoyar la espalda en el colchón y agarrando mis muñecas los levantó por encima de mi cabeza. Sin darme tregua se hundió dentro de mí. Entraba y salía cada vez más rápido, cada embestida más fuerte, cada empujón más violento. Paró sin salir de mí, clavado hasta el fondo, llenándome por completo alzó mis piernas hasta casi rozar mis hombros y de nuevo las embestidas, una, otra y otra más. Arremetía poderoso desplazándome con cada empujón hacia los espejos. Tuve que apoyar las manos sobre el cristal para sujetarme mientras le gritaba que siguiera follándome con la misma fuerza, que no parase. Entonces miré hacia los espejos, arriba y a los lados. Y le vi a él, desde todas las posiciones, era Zeus poseyéndome en su Olimpo. Sus rayos electrizantes penetraban en mi interior llegando hasta mi alma. Los truenos dominantes recorrían mi cuerpo entero hasta crisparlo por completo. Fue glorioso, sobrenatural, no, fue algo más, fue divino. Sentía los rayos cada vez más intensos, cada vez más enfurecidos, hasta que estalló en mi interior la tormenta celestial. Mis fluidos chorreaban por mis nalgas y empapaban sus testículos.

- El primero de tres, zorrita. Esto no ha hecho nada más que empezar –me dijo justo antes de mordisquear el sol y la luna dibujados sobre mis pezones.

- Lo que desee mi Dios –le contesté entre gemidos de placer. –El firmamento lo tienes bajo tus pies.

Sin apartar su mirada de mis ojos comenzó a eclipsar mi sol pellizcándome el pezón y magreando mi seno por completo. Tan sólo dejó la magia de la noche en mi piel. Deslizó la otra mano bajo mi nuca y me levantó con brusquedad llevando mi cara contra su pecho. Respiré su aroma y comencé a besarle y a lamerle enloquecida. Bajé por su torso hasta su vientre sin dejar un solo centímetro por chupar. Besé el interior de sus muslos, lamí sus ingles y sus testículos y sin pensármelo dos veces, tan solo para mirarle hambrienta, engullí su verga hasta sentirla rozando mi garganta. Mis jadeos se mezclaban con sus gemidos.

- ¡Ahh! ¡qué placer, gatita! Pero aún no es la hora del biberón. -Sentenció con la voz ronca y entrecortada por la excitación.

- La necesito. La… deseo… toda… toda –Su miembro erecto ocupaba toda la cavidad de mi boca impidiéndome contestarle con claridad, pero no quería sacármelo. Bajo ningún concepto quería sacármelo de la boca. Me gustaba demasiado para hacerlo.


Pero él sí lo hizo. Me apartó echándome hacia atrás. Luego me ordenó que me diera la vuelta mirando hacia los espejos. Él detrás de mí cogió una venda y me tapó los ojos. Me puso a cuatro patas. No podía verle en los espejos, pero notaba sus manos recorriendo mi espalda, estrujando y separando mis nalgas. Apoyé los antebrazos y la cara sobre el colchón. Hundí la cintura entregando mi culo a sus perversidades y deseos. Sentí sus dedos explorando los pliegues de mi cavidad más húmeda. Abrió mis labios por completo penetrando en mi cueva primero con un dedo, luego con dos, tres, cuatro y cinco. Se movía con rapidez mientras mis fluidos empapaban su mano entera. Yo acoplada a él seguía con mi cuerpo su ritmo frenético. Entonces sacó su mano arrastrando mis jugos hacia el ano. Le grité que me lo follara pero él me dijo que no era el momento, que su plato preferido lo dejaría para el final.

Seguía con los ojos vendados cuando sentí su lengua tersa moverse por mi sexo. Aullaba de placer mientras atrapaba y soltaba con rapidez todos mis pliegues. Entonces apresó mi clítoris con los labios y su lengua comenzó a bailar frenéticamente sobre él. Mi volcán estalló violentamente. Una gran erupción explotó en mi ardiente sexo. Me corrí gritando de placer. Fue maravilloso. No veía pero podía oler su excitación. Estaba sudoroso. Su aroma varonil embriagó el resto de mis sentidos. Olía a hombre curtido y poderoso. Le respiraba como se respira al guerrero que regresa tras batallar en tierras escabrosas y lejanas. Estaba deleitándome en su fragancia como lo hacen los felinos cuando desenvainó de nuevo su espada ardiente y la clavó en mi jugosa carne. Me folló con fiereza hasta llevarme a la cima de los vientos. ¡Dios! Encadenaba un orgasmo con otro. Le rogué que me devolviera la visión. Deseaba ver al animal que me estaba poseyendo, al animal que bramaba enloquecido. Entonces me despojó de la venda que cubría mis ojos e inmediatamente giré la cabeza para mirarle. Pero los espejos me devolvieron su imagen de guerrero, Alejandro el Grande, colosal, inmenso y poderoso. Me había doblegado. Tras la batalla había conquistado cada palmo de mi territorio y ahora me encontraba rendida a sus pies, suplicándole más, entregándole hasta el último rincón de mi fortaleza.

- Ahora eres mía, pequeña –en sus ojos vislumbré la satisfacción de quién ha logrado una gran victoria.

- Y siempre seré tuya –le susurré mientras me protegían sus brazos.

Mi volcán, el monte de Venus, había sucumbido a su lengua y a sus embestidas, pero, aunque desdibujado por la batalla, seguía conteniendo gran parte de su magma ardiente en el interior.

Encendimos un cigarrillo, pero no llegamos a terminarlo. Queríamos más. Deseábamos continuar con aquella maravillosa locura. Los espejos, él y yo, el cielo y la tierra. Nuestra lujuria, nuestra pasión, nuestra perdición. Estaba dispuesta a todo. Le deseaba con locura y estaba decidida a vender mi alma al Diablo por tenerle siempre dentro de mí. Cogió de mis labios el cigarro y lo apagó clavando su mirada en mis ojos. Vi el fuego devastador en ellos. En ese mismo momento supe que me llevaría más allá de las puertas del infierno. Me ordenó que bajara de la cama y me dirigiera hacia los espejos. Me obligó a apoyar las manos en ellos, ligeramente inclinada, lo suficiente para que mi trasero se encontrara expuesto a sus vicios más perversos. Abrió mis piernas a golpes de pié. Intentaba mirarle mientras lo hacía pero me lo prohibió sujetando mi cabeza con sus manos.

- ¡No mires, zorra! -Me gritó tajante.


No le contesté, me limité a obedecerle con cierto temor y a la vez excitación. No podía imaginarme lo que iba a hacer conmigo. Pero esa incertidumbre me excitaba cada vez más. De repente noté sus manos sobre mis nalgas abriéndolas completamente. Un lengüetazo recorrió todo mi sexo, desde el clítoris hasta la entrada del ano. Sentí que me quemaba, como si su lengua fuera de fuego. Entonces se tensó como un arco y penetró con violencia en la cavidad de mi ano. Entraba y salía una y otra vez hasta que su saliva lubricó por completo su deseado acceso. Yo no paraba de retorcerme, de gemir y de gritarle que le deseaba, que disponía de mi ano totalmente dilatado, preparado para satisfacer cada uno de sus vicios. Entre mis voces oía mezcladas sus palabras blasfemas y sus rugidos. Dejó caer sus manos con dureza sobre mi espalda obligándome a poner las mías en el suelo. De pié, con las piernas separadas, doblada por la mitad y con el culo abierto, me embistió y de una sola estocada penetró en mi interior. Sentí un intenso latigazo estallar en mis entrañas mientras su pelvis chocaba contra mis nalgas una y otra vez. Sus estocadas eran tan rápidas y enérgicas que a duras penas podía mantener el equilibrio. Giré la cabeza para mirarle mientras manteníamos el ritmo frenético de las embestidas. ¡Dios! ¿qué estaba pasando? Sus ojos brillaban enrojecidos y todos los espejos de la habitación refulgían por las llamas del infierno. La habitación ardía mientras el fuego de nuestros cuerpos nos fundía. Le volví a mirar. Su piel brillante comenzaba a tomar un color rojizo. Notaba mis muslos empapados por los fluidos. Seguí el reguero con la mirada precipitándose en el cristal del suelo. Entonces le vi reflejado en el espejo. Su grueso y endurecido falo entrando y saliendo de mi ano. Sus testículos rebotando en mi sexo mientras otro rabo, más largo y fibroso, surgía endiablado desde atrás introduciéndose en mi encharcada vagina. Comencé a gritar poseída por Lucifer. Me agarré los cabellos mientras giraba de un lado a otro la cabeza. Me retorcía por las convulsiones. Volví a mirar a través del espejo, quería verle para gritarle que no aguantaba más, que el fuego me quemaba por dentro y que estallaría de un momento a otro. Pero él seguía endemoniado, sodomizándome una y otra vez. Vi cómo sacó su largo rabo de mi vagina envuelto en llamas y lo estrelló contra mi espalda. Los latigazos caían como llamaradas sobre mi piel al mismo tiempo que seguía follándome el culo con su falo. Grité, aullé mientras me corría sintiendo como las llamas me devoraban expandiéndose hasta consumirme. Entonces él rugió enmudeciendo mis gritos y sentí cómo su semen ardiente me abrasaba por dentro.

Caímos exhaustos sobre el cristal mojado. Por un instante el silencio nos envolvió. Nos miramos aún jadeando.

- ¿Estaba soñando? dime ¿ha sido un sueño? –le susurré como si estuviera en un estado de semiinconsciencia, extracorporal.

Él me sonrió, me abrazó y me besó en los labios.

7 comentarios:

  1. hola. creo que no fueron tres ya que el último fue acto de Lucifer...un lucero, un astro, gran luz.
    saludos Rosaida.

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  2. Dices que tea desarmó la ternura del principio. A mí me has desarmado tu con tu relato, y... Qué hago yo ahora todo el día desarmada por ahí? Me dejas desvalida ante el mundo!!!
    Un besote y mis caricias mi querida Rosaida

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  3. ¡Que gran encuentro! Muy intenso, muy emocionante, hasta me he asustado al final con lo del demonio xD

    Un beso íntimo :3

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  4. Evidentemente hay mucho fuego en ese fuego, Lady. El del especular azogue, sin duda…

    Me alegro de estar de nuevo en su frondoso jardín. Ud no lo sabe, pero he echado mucho de menos el aroma de sus flores. Para mi próxima ausencia tendré que llevarme alguna que me recuerde lo bien que se siente uno entre sus excitantes relatos.

    Besos, bella jardinera.



    [Me he dado cuenta de que nunca he alabado su forma de escribir. Lo hace ud realmente bien. Esa forma de mezclar delicadeza y deshinibición es muy excitante. Sí, querida Lady, sí: tiene ud mucho talento]

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  5. Un mes fuera y ya he olvidado las buenas costumbres. Imperdonable, Lady.

    Nada como un deseo hecho cansong, ¿no le parece?

    Más besos.

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  6. Umm sobre todo intenso... muy intenso...

    Bss
    DiegO

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  7. De Rey a Magno, y de Magno a Ángel... caído. Tienes la virtud , Reina del Jardín, de hacer grande todo lo que rozan tus yemas.

    ¿Que pueda estar en todas partes significa que puede entrar por todas partes a la par?

    Esa escena me ha puesto... quiero decir que me ha levantado... o sea, que ha crecido en mí... una envidia insana e irreconciliable.

    Besos con sabor a azufre.

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.