9 de noviembre de 2011

La educación de Rosita (III)

Sin soltar mis manos cruzadas en la espalda me llevó hasta el piso inferior. Oí cómo abría una puerta que no supe identificar, quizá la puerta pequeña que había debajo de la escalera, y entró delante de mí, mientras me exigía a esperar sin moverme.

Obedecí mientras oía sus pasos alejarse por lo que entendí que sería otra escalera. Después escuché el sonido de unas llaves abriendo una puerta metálica, y el siniestro chirriar de unos goznes.

- Son catorce escalones, Rosita. Baja con cuidado, no quiero tener que recogerte abajo.


Avancé apoyándome en la pared, tanteando con los pies los escalones. Me sentía torpe. Torpe y mojada. Le imaginaba aguardando abajo, quien sabe con qué intenciones. Intenté aguantar las ganas de llorar que me atenazaban. Cuando llegué abajo, él se situó detrás de mí y me quitó la venda de los ojos. Lo que vi fue más fuerte que mi determinación y rompí a sollozar. Al otro lado de la pesada puerta metálica se abría una antigua mazmorra, o al menos así me lo pareció aquél día. Varias antorchas bañaban su interior con luz rojiza, proyectando oscuras sombras que danzaban sobre el suelo al compás de las llamas. En la pared de enfrente había clavada una cruz negra y brillante, de cuyos extremos colgaban siniestros grilletes. Un gran espejo ocupaba otra de las paredes y un diván negro la tercera. En el centro me aguardaba lo que parecía un potro de tortura y apiladas a los lados extrañas máquinas cuyos usos no me atreví ni a preguntarme. Del techo colgaban más grilletes, a intervalos regulares. Él me obligó a entrar, empujándome con firmeza desde la espalda. Cuando cerró la pesada puerta detrás de mí, dejando al descubierto la última pared, cargada de ganchos de los que colgaban látigos, tenazas, porras y mil objetos más, las piernas me fallaron y caí al suelo suplicando.

- Por favor, mi señor, apiádese de esta pobre muchacha – rogué – no lo volveré a hacer, se lo juro. No volveré a dejar caer ningún objeto, seré obediente y cuidadosa, pero no me haga daño. – supliqué entre sollozos.

Pero él no atendió a mis súplicas y, tomándome de nuevo por la nuca, me obligó a levantarme.

- Una belleza como la tuya no puede ser mutilada sin que los dioses hagan caer su ira sobre el verdugo – tiró de mí hasta obligarme a doblarme sobre el potro – pero tanto tu carácter como tu cuerpo deben ser instruidos en el servicio a mi persona, Rosita… y hoy vas a aprender la primera lección.

Mis piernas temblaban tanto que tuvo que sujetarlas una a una mientras fijaba los grilletes en mis tobillos. Después de hacerme lo mismo con las muñecas y fijar mi nuca al potro con una especie de collar, sentí cómo bajaba mi tanga de un tirón hasta la mitad de mis muslos, dejándome completamente expuesta y a su merced. De nuevo el latigazo de deseo recorrió mis entrañas. Por un segundo soñé que me penetraría inmediatamente, y en mi imaginación se dibujó la escena de su falo magnífico entrando en mi sexo, primorosamente afeitado por la mano de Madame Rosalía la noche anterior.

Pero no fue así. En su lugar pude oír sus pasos encaminándose a la pared del fondo. Volví a temblar recordando los instrumentos de tortura que pendían de sus paredes. Por eso grité cuando sentí su mano acariciando mis nalgas desnudas, a pesar del calambre que me recorrió por dentro. Pero él continuó acariciando mi piel, y pronto el temor se convirtió en ríos de deseo otra vez. Sus dedos se deslizaron con infinita lentitud entre mis nalgas. Gemí otra vez, esta vez de pura excitación. Cuando alcanzaron por vez primera mi más íntimo secreto, mis piernas temblaban sin control. Él continuó separando mis labios a su paso, adentrándose entre la humedad que los bañaba hasta recorrerlo por completo. Yo creí morir de gozo. El contacto de sus dedos en mi piel me arrancaba jadeos de placer. Cuando llegó a su extremo, presionó atrapando entre ellos mi más sensible tesoro. Grité de gusto. Y cuando los separó abriéndome aguardé expectante, sabiéndome ofrecida como estaba, el siguiente contacto. Algo duro rozó en mi casi inexplorada perla. Algo duro y suave. Por un instante gemí imaginando que era su miembro. Ascendió bañándose en mis jugos hasta alcanzar la entrada de mi vagina.

- ¡Oh, dios! – casi grité – ¡hágalo, mi señor, úseme a su antojo!


Y entró. Despacio, con la misma exasperante lentitud con la que me habían recorrido sus manos, entró en mí haciéndome sentir el contacto de cada rugosidad de mi cuerpo, de cada protuberancia de su carne, y no paró hasta llenarme por completo. Se quedó quieto, presionando firmemente en el fondo de mí vagina, mientras yo perdía el resuello. Instintivamente empecé a mover el trasero. Necesitaba volver a sentir su contacto en mi piel. Pero no sirvió de nada. O él era extremadamente hábil para negármelo o algo no iba bien del todo… entonces sentí el primer azote. No me importó. No me dolió. Me asustó el sonido, pero no sentí ningún dolor. Más bien un calor intenso, que competía con desventaja con el fuego que me abrasaba entre las piernas. Al primer azote le siguió otro. Volví a mover el culo, deseando que se removiera dentro de mí. Nada.


11 comentarios:

  1. Exquisito y excitante!

    Mis saludos de agua desde mi costa...

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  2. "- ¡Oh, dios! – casi grité…"

    Es ud divina, Lady. Un auténtico cielo…

    Mi canción y mis besos.

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  3. Tu prosa que casi dibuja... que lleva a la imaginación hasta la escena escrita...

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  4. El Amante Amatistajueves, 10 noviembre, 2011

    Con las moras del jardín de mi señora compuse este haiku para su solaz y complacencia:

    Su cuerpo admiro;
    sexo y seda en las piernas
    mi verga prende.


    Mis cuerdas de hoy

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  5. Me ha parecido vivir la escena como protagonista masculino.Me ha gustado sentirlo asi
    Besos

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  6. Sumisión al deseo...

    ...una de las reglas fundamentales del placer...

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  7. Ea, veamos como continuan esas lecciones o.o

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  8. ¡Me encanta que hayas recuperado a Rosita! Ser testigos de su Educación es una maravilla.
    ¿Qué oscuros planes tendrá para ella su Pigmalión? Sólo de pensarlo se me eriza la piel...

    Un beso, Reina del Jardín.

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  9. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  10. El deseo se abre camino por los senderos de su piel sedienta.

    Tu relato tiene una sensualidad exquisita.

    Besos.

    Lunna.

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  11. Bufff, super excitante..
    Besos y susurros cálidos

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.