29 de julio de 2012

Sedienta (I)

Rara vez nos carteamos describiendo los momentos eternos de lujuria que nos satisfacen y disfrutamos apasionados. Por este motivo, entre otros muchos, convivimos como pareja. Rara vez los dejamos impresos, quizá porque no nos hace falta. Será porque los tenemos grabados en la memoria y el olvido no tiene cabida en ella. Porque no necesitamos excitarnos con su lectura o porque nos deseamos en cuanto cruzamos nuestras miradas cómplices. Pero cuando nos apetece lo hacemos y ésta es una de ellas. Una mañana abrí mi correo y me encontré con esto: de su mano para mí… con su permiso para vosotros.

Un beso de tu amante... loco por el deseo que le provoca tu recuerdo.


Era tarde. Hora de acostarnos. El día había sido agotador. La noche anterior hicimos el amor hasta altas horas de la madrugada, y levantarse para ir a trabajar había sido un suplicio. Cuando te anuncié que me iba a lavar los dientes para acostarme me respondiste con un monosílabo, moviendo la mano con gesto distraído sin levantar la vista del portátil.

Me aseaba en el bidé cuando entraste en el baño. Terminé y te apresuraste a ocupar mi lugar. No había terminado de abrocharme el cinturón cuando subiste los ojos hacia mí. Esa mirada... te voy a revelar un secreto: siempre que me miras desde abajo, con tus grandes ojos verdes apuntando al cielo, un escalofrío recorre mi espina dorsal a la par que una potente palpitación sacude mi sexo.


Pero no siempre te tengo a mi disposición, con el tanguita rojo en las rodillas y tu rostro justamente a su altura. Aunque el cansancio lo desaconsejaba, me decidí a darte tu regalo de buenas noches. Clavé mi mirada en la tuya y sentí tu estremecimiento como si hubiera estallado en mis carnes. Sin apartar la mirada de tus ojos desabroché el pantalón con lentitud. Introduje mi mano bajo el bóxer y con un movimiento cargado de intención le forcé a bajar dejando al descubierto todo mi sexo. A pesar de tus esfuerzos no pudiste aguantar la tentación y tus ojos se separaron de los míos para deleitarte con su imagen. Los testículos cuidadosamente depilados, suaves como la seda, te llamaban con la promesa de ese aroma viril que te cautiva; la visión de mi miembro, palpitando ante su incipiente erección te atrapó. Tragaste saliva. En mi mente se dibujaron unas palabras que no llegué a expresar. Se te hacía la boca agua, zorrita. Tus ojos acariciaban mi piel, se detenían en las venas que empezaban a dibujarse con rotundidad, unas venas grandes, pulsantes y ligeramente azuladas que parecían cobrar vida a medida que el mástil se izaba hacia el cielo. Puse una mano en tu frente, deteniendo el instinto que te impulsaba a devorarlo para disfrutar de uno de tus juegos favoritos: hundirlo hasta que su cima se apoya en tu garganta y aguantar la presión, sintiendo cómo crece y se va abriendo paso dentro de ella. Hubo un tiempo en que yo soñaba con que tú lo hicieras. Como con tantas cosas, hoy ese sueño ha sido superado y eres tú la que te derrites ante la perspectiva de poder gozar de esa situación. Después habrías terminado saliendo de golpe atragantada, perdido el resuello, emitiendo ese sonido gutural, mitad aullido y mitad gemido, con los ojos fuera de las órbitas. Pero esta vez mi mano puso freno en tu frente mientras me comías con los ojos. Esperé mientras mi espada terminaba de reaccionar templando su acero y no retiré mi mano hasta que el proceso se hubo completado.



3 comentarios:

  1. ¡Qué recuerdos!. No sólo tienes mi permiso: aquí dejo mi deseo de que publiques la continuación, Reina mía. Porque, aunque es cierto que son cosas nuestras, una vez tomada la decisión y publicado el principio me gustaría ver plasmado todo el mensaje.

    Y... sí, sí que vale para recordar con mayor viveza aquel momento. Maravilloso, como todos los que compartimos unidos.

    Un beso

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  2. Recordar lo vivido y experimentado aviva las ganas de sentir de nuevo la excitación... leer el recuerdo de tu amante, es... simplemente delicioso, como tu relato.

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  3. "Será porque los tenemos grabados en la memoria y el olvido no tiene cabida en ella. Porque no necesitamos excitarnos con su lectura"

    Solo un tonto los escribiría para no olvidarlos o excitarse con su lectura.

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.