5 de agosto de 2012

Sedienta (II)

Te lanzaste sobre él como una loca, engullendo de una tacada todo aquello que te cabía. Sentí cómo mi glande golpeaba con fuerza en tu garganta. Poseída por la ansiedad buscaste saciar en un solo instante el hambre que te mortificaba. Te aferraste a mis glúteos con fuerza y empujaste obligando a tu garganta a ceder generosa parte de su espacio a mi carne cálida y palpitante. Temía que fueras a lastimarte, tal fue la fuerza con la que te empleaste, empujando con ahínco en busca de mi vientre. Nuestra imagen reflejada en el espejo me dio la pista. Doblé ligeramente las rodillas buscando un ángulo mejor y todavía se deslizó un poco más dentro de ti antes de que salieras de golpe, como ya había predicho, aullando atragantada con los ojos llenos de lágrimas. A pesar de la brusquedad del movimiento, sólo empleaste el tiempo justo para tomar aire antes de volver a tragártela, aunque esta vez la presión en tu estrecho conducto fuera más razonable. Ello te permitió gozar por más tiempo de los latidos de mi carne entre tus labios, sobre tu lengua, contra tu paladar... antes de volver a salir en busca de una nueva bocanada.

Esta vez fui yo quien se apoderó de tu cabeza y exclamé con voz ronca por el deseo que si era eso lo que deseabas, nadie como yo para ofrecértelo. Con una mano en tu barbilla y la otra en la nuca, te obligue a girar la cabeza antes de penetrarte con un movimiento firme de mis caderas. Percibí cómo tu garganta se ensanchaba recibiéndome. Por esta vez me contenté con ello y salí con rapidez, soltándote para que echaras el cuerpo hacia atrás boqueando, sintiendo cómo el aire entraba de golpe abrasándote los pulmones. Según se apagó tu aullido mis manos volvieron a tomarte. Esta vez fui más lejos. Cuando tu garganta se abrió como una flor, ofreciéndose a mi posesión empujé con cuidado y todo mi glande entró en ella. Podía ver su presencia a través de tu cuello blanco como el nácar, dilatando tu anatomía. Me moví ligeramente adelante y atrás antes de volver a abandonarte entre alaridos de gozo. Tampoco te dejé tiempo para acostumbrarte. En cuanto que tus pulmones hubieron renovado su viciado contenido volví a cogerte. En esta ocasión te follé la garganta cuatro, cinco veces, extasiado con el movimiento que me delataba en tu cuello, antes de dejarte respirar. Cada vez resultaba más fácil, y tu tiempo de recuperación más breve. Volví a inclinarme sobre ti y a poseerte una y otra vez. Mi miembro se acomodaba en tu dilatada garganta con insospechada facilidad. Su lubricado interior me recibía jugoso, facilitando el deslizamiento. En las últimas acometidas me dediqué a follarte sin conmiseración alguna, moviendo mis caderas con fuerza mientras sujetaba tu cabeza inclinada. Tus manos temblaban crispadas y todo tu cuerpo era recorrido por esos espasmos intermitentes que con el tiempo habías sabido convertir e interpretar como una pura expresión de gozo y morbosa excitación.

Desde arriba podía sentir cómo tu coñito se encharcaba, cómo esos calambres descendían por tu garganta y tu pecho hasta explotar en tu clítoris, erecto y abultado. El último empujón situó tus labios tan cerca de mi vientre que supe que pronto podría metértela entera hasta el fondo. Pero después de hacer tope permanecí inmóvil, clavado en lo más recóndito de ti hasta que supe que no podrías aguantar más sin respirar y te dejé de golpe, dando un paso hacia atrás mientras te separaba de mí. Aullaste como una loca, con los brazos elevados hacia el cielo. Los regueros de lágrimas que surcaban tus mejillas, tu mentón empapado de saliva, mis fluidos y tus mocos... el pelo revuelto, tus pechos bamboleándose al compás de tu respiración jadeante... todo se confabulaba contra mis esfuerzos por controlar la salvaje excitación que galopaba en mis venas.

No esperé más. Ni supe ni pude mantenerlo un segundo más. De un tirón te saqué la camiseta por la cabeza. El broche de tu sujetador saltó cuando tiré de él sin piedad mientras te levantaba del bidé. Con un solo movimiento te planté contra la encimera guiando tus manos para que sujetaran el peso de tu cuerpo. Después terminé de sacarte los pantalones y el tanga y te miré a través del espejo con los ojos encendidos de deseo. Fruto de una esmerada educación, tu garganta acababa de proporcionarme una excitación y un gozo increíbles. Ahora me disponía a saborear las mieles de otro de los conductos que con mayor dedicación había educado. Tú lo supiste al instante, y durante un segundo temblaste aterrorizada ante la posibilidad de no estar preparada para ello. Sólo un momento de duda. Un segundo después tú misma, obedeciendo mi orden, separabas tus nalgas ofreciéndome tu más estrecha cavidad. Situé mi glande en su entrada y presioné tanteando tu estado. Tu esfínter se abrió pleno de gozo por mi llegada. Justo lo que yo imaginaba. Estabas tan excitada que todo tu cuerpo se derretía por ser follado de una maldita vez. Así que agarré con firmeza el asta que iba a empitonarte, tomé aire con gesto teatral mientras nuestras miradas se fundían a través del espejo, y... la saqué con rapidez y te la hundí hasta el cuello del útero de una sola estocada.

Un alarido de sorpresa y de placer rebotó en las paredes del baño cuando sentiste mi falo inundando tu coñito empapado. Y la sorpresa devolvió un flujo de marea que se estrelló contra mi carne abrazándola antes de estrellarse contra mis testículos y deslizarse por tus muslos. Ése fue el tiempo que me mantuve hundido en el fondo de tu jugosa cavidad. Comencé a moverme lentamente, aunque pronto me encontré follándote a galope tendido, empujándote con tal fuerza que te derrumbaste contra el lavabo, con el rostro desencajado apoyado en el espejo.


Según te tomé por los hombros para poder controlar tu equilibrio te corriste por primera vez.

Y continuó. Vaya si continuó… hizo conmigo lo que quiso. Hasta hacerme extraviar entre las nubes. Tomó de mí cuanto deseó, me dio más de lo que nadie podría soñar. Y pocos días después, cuando aún mi cuerpo se recuperaba, me escribió estas letras.

2 comentarios:

  1. Hummm... ahora lo recuerdo más y mejor. Es la ventaja de dejar escritas las cosas. Pero no creas que es porque lo haya olvidado. Lo que sucede es que son tantas las veces, algunas incluso similares, en nuestro baño, en nuestra habitación o en nuestra... bueno, eso. Que las imágenes se mezclan, los recuerdos se funden y sólo me queda esa sensación de maravilla, de delectación, de máxima sensualidad y gozo. De placeres compartidos, de deseos cumplidos, de experiencias que superan nuestras fantasías.

    Al final, querida, todo es uno. Como yo lo soy contigo.

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  2. VAYA EXPERIENCIA,,, Y CON EL CALOR QUE HACE, CREO QUE LEER ESTAS COSAS NO AYUDA MUCHO, JEJEJEJEJE...
    HA SIDO UNA ESTUPENDA LECTURA.

    UN BESAZO ROSAIDA!!!

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.