7 de noviembre de 2012

La cata, a paso lento


Llegamos al umbral de la puerta de madera maciza. Antes de abrirla me miraste expectante. Durante unos segundos mantuviste tu mirada clavada en la mía. No dijiste nada, tan solo mirabas. Yo tampoco me atreví a romper el silencio que nos envolvía. Llegado el momento, asentiste con la cabeza y abriste con firmeza el portón. Nos recibió una bocanada de efluvios aromáticos que nos dejó paralizados bajo su quicio. Al poco tiempo comenzamos a caminar lentamente, embriagados por los matices balsámicos. Nos dirigimos hasta el centro de la estancia. Sus techos abovedados caían vertiginosos sobre los muros enrasillados que abrazaban la vieja madera gestante. Situaste las velas estratégicamente de tal modo que la luz incidiera sobre el objetivo que habías marcado. Un escabel de madera oscura tomó protagonismo cuando sutilmente lo rodeaste de cirios clavados en varas de forja que se mantenían en pie gracias a sus tres pequeñas patas. Parecían lanzas incendiadas dispuestas a librar una gran batalla. Mientras observaba el baile de las sombras y las luces de las llamas, me tendiste una mano para dirigirme al escabel. Te miré sorprendida pero me dejé llevar alcanzando la pequeña altura del banquillo. Una vez arriba me quedé inmóvil sin perder detalle de tus movimientos. Comenzaste a girar alrededor del circulo que formaban los candelabros, primero por fuera observando cada prenda que llevaba puesta. Luego saliste fuera del círculo para dar una vuelta más. Yo te seguía atónita con la mirada cuando paraste de golpe. Estabas detrás de mí diciéndome que no me girase, que mantuviera la vista al frente. Te hice caso y aguardé atenta tu siguiente movimiento. Desnúdate a paso lento. Sin volverme comencé a desatarme los botines, medio en cuclillas. Luego me incorporé de nuevo para desabrocharme el ajustado pantalón. Fui moviendo las caderas de un lado al otro mientras me bajaba la prenda lentamente. No podía verte pero sentía tu mirada quemándome las nalgas. Cuando los tuve en los tobillos me agaché provocativamente para sacármelos de un tirón. Escuché tu respiración agitada mientras pronunciabas con voz ronca muy bien, Rosita. Continúe con el jersey de cuello vuelto y boca ancha. Crucé mis brazos por delante del pecho llevando las manos hacía el dorso a la altura de la cintura. Sólo podías ver mis dedos agarrados al jersey mientras se deslizaba a lo largo de mi espalda dejándola poco a poco al descubierto. Sin más, lo lancé por encima de las velas. Cogí la cinta del tanguita como si fuera elástica tirando de ella hacia fuera para soltarla después de golpe. El estallido que produjo al chocar contra mi piel te arrancó un bramido de deseo. Volví a coger la cinta con los dedos pulgares de la mano y comencé a deslizarla siguiendo el contorno de mis nalgas. Despacio, a paso lento. Me hablaste en un susurro. No lo dudé y continué con el descenso pausado del tanguita entre los muslos hasta llegar a los talones. Despacio, a fuego lento, como tus ojos observando cada gesto de mi cuerpo. Me excitó sentirte clavado en mí, mientras mi piel brillaba de deseo bajo la luz de las velas. Con un golpe de tacón decidiste que permaneciera en pie sobre el escabel. Pensé que el corazón se me salía del pecho por la incertidumbre de no saber cuál sería tu siguiente movimiento. Oí tus pasos tras de mí, primero hacia un lado, luego hacia el otro. Continuaste caminando hasta que por fin pude verte frente a mí, con las manos cruzadas detrás de la espalda y los ojos encendidos de deseo. No aparté la mirada de tu figura mientras sentía como mis labios encharcados se abrían expectantes y mi clítoris ansiaba el roce de tus dedos. Me tendiste una mano invitándome a bajar del escabel. Puse la mía sobre la tuya y bajé despacio, a paso lento. No te muevas. Cogiste el banquillo de madera y lo sacaste fuera del círculo iluminado por las velas. El suelo de roble francés mantenía mis pies calientes. Regresaste al centro del anillo de forja incandescente y de nuevo te colocaste frente a mí. Nos miramos fijamente, apenas sin parpadear, pero esta vez el brillo de nuestros ojos no reflejaba sólo deseo sino algo más poderoso, mostraba el vínculo que siempre nos unió. Levantaste las manos sin desviar la mirada para tocarme los cabellos. Lo hiciste con suavidad, como mece la brisa fresca los pétalos de una flor. Seguías mirándome cuando aproximaste tu rostro tanto al mío que casi pude besarlo. Luego cogiste dos mechones y despacio, a paso lento, bordeaste mi barbilla acercándolos a tu nariz. Respiraste profundamente para capturar todos los matices aromáticos que desprendían. Sólo pronunciaste Seda, manzana y muchas flores. Fue una de las pocas veces que al cerrar los ojos dejaste de mirarme. Después los volviste a abrir retirando los cabellos de mis hombros. Dejaste las manos en ellos durante unos segundos antes de bajar delicadamente por los brazos. Cuando tocaste mis dedos tiraste de ellos con suavidad hasta que mis brazos formaron una cruz. No hizo falta decirnos nada, la complicidad de nuestras miradas ya lo había hecho. Me mantuve con los brazos extendidos mientras tus dedos palpaban los recovecos formados por la clavícula. Continuaste acariciándome hasta llegar a mis senos. Los acogiste con suavidad, midiéndolos y acunándolos en los cuencos de tus manos. Después te centraste en mis pezones, pellizcándolos con gran exquisitez, observando sus reacciones y también las mías. Poco a poco bajaste por los flancos hasta que tus manos arribaron a la bahía de mi cintura. Sentí que me quemabas la piel pero el fuego no consiguió deshacer el hechizo que encadenaba nuestras miradas. Fondeaste en ella el tiempo suficiente para rodearla con las yemas de los dedos despacio, a paso lento. Cuando tus manos volvieron a unirse en el centro de mi vientre, exploraron pausadas el pequeño hoyuelo donde se fraguan nuestros deseos más ardientes. Noté un ligero temblor en las piernas al tiempo que una lengua de lava recorría mi espalda. En ese momento me hubiera echado a tus brazos para comerte a besos, pero me venció la magia de aquel trance maravilloso. Continúe en pie con los brazos extendidos mientras abandonabas la cintura para dirigirte a la protuberancia de mis caderas. Las acariciaste suavemente varias veces. Nuestras miradas seguían atadas en este lance eterno cuando tus manos abiertas tomaron mis nalgas. Por primera vez, observé en tus ojos un brillo perverso que arrancó de mi garganta un pequeño grito. De nuevo pensé que el corazón se me salía del pecho. Hundiste los dedos en ellas, manoseaste todo su contorno cuidando de que no se te escapara ningún detalle. Recorriste su abertura de arriba abajo y abajo arriba despidiéndote de ellas con dos sonoras palmadas. Estaba a punto de desfallecer cuando te arrodillaste y, sin dejar de mirarme, me separaste las piernas por los tobillos. Tus manos las recorrieron despacio, a paso lento, hasta llegar al interior de mis muslos. Los pellizcabas suavemente buscando diversas reacciones en mi cuerpo. Apretabas y al ratito soltabas para obtener las respuestas de mi piel y observar los gestos de mi rostro. Sentía que las fuerzas me abandonaban. No podía aguantar más. Los gemidos me delataban y mi clítoris, henchido por el deseo, palpitaba acelerado. Una batería de contracciones se apoderó de mi vagina llenándola de fluidos que se desbordaban por el interior de mis muslos. No perdiste detalle. Cada reacción y respuesta de mi cuerpo la tomaste y la hiciste tuya. Entonces alejaste tu mirada de la mía para posar tus ojos, las manos y la boca sobre mi sexo, dorado por la tenue luz de las velas que iluminaba la estancia. Con las yemas de los dedos fuiste separando los labios, que mostraban poco a poco los pliegues sonrosados y brillantes por los fluidos que se escapaban sutilmente entre mis piernas. Acercaste tu boca despacio, a paso lento, mientras respirabas profundamente los aromas de la flor. Levantaste la cabeza para clavar de nuevo tu mirada en la mía. Sonreíste y tu lengua comenzó a recorrer todos los pétalos de mi cáliz recogiendo a su paso el rocío que atesoraban. Terciopelo, melocotón y rosas. Sin dejar de sonreír sacaste una pequeña copa de cristal del bolsillo de tu chaleco y aplicaste su borde allí donde tu lengua acababa de provocar un nuevo reguero de lluvia. Presionaste unos segundos con firmeza y después levantaste la copa sin apartar tus ojos de los míos. El vidrio tallado brilló a la luz de las velas. A tu salud. Apuraste de un trago su contenido antes de llevar tu boca al manantial. Mientras lo saboreabas desfallecí sobre tu espalda en un largo y apasionado suspiro.


En ese lugar me vi… knocking on the heaven's door


6 comentarios:

  1. Fragante en la nariz, con un suave aroma floral, sedoso y elegante en la boca, con matices ligeramente salados y chisporroteantes y una magnífica vía retro... digo...

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  2. UN RELATO REALMENTE ARDIENTE Y EXCITANTE, ESCRITO CON UNA GRAN BELLEZA,,,, EXTRAORDINARIO.
    UN BESAZO ROSAIDA!!!

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  3. Ribera de Duero. Color rojo picota y ribetes granate, lágrima amoratada; buenas notas en nariz a  aromas a la fruta negra madura, así ciruelas y moras, también madera y especias dulces; su paso por boca es sabroso, con taninos maduros y grasos, buen recorrido dejando en el paso sensaciones a tostados.

    Maridaje: tómese en compañía de una mujer excepcional, preferentemente desnuda, en un ambiente cuidadosamente preparado para que sea parte de un recuerdo esencialmente indestructible, y perdurable en el tiempo.

    Nota de cata: un 10,
    un 10, sobresaliente siempre…

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  4. Excitante y muy bien narrado.
    :)
    Un fuerte abrazo.

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  5. Adaptaré el viejo latinajo, para decirte que in sexum veritas...

    (me ha encantado)

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  6. Vino, si quisieras beberme;
    o un pitillo entre tus labios,
    para que me consumieras
    hasta el último rescoldo
    de la bocanada postrera…

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.