12 de septiembre de 2015

Escandalosa


Desperté como si aún siguiera acurrucada en sus brazos. Mientras me desperezaba respiré hondamente. Estaba algo aturdida cuando la bocanada me supo a sexo intenso. De inmediato pensé que permanecía en su casa, pero no, no era así, amanecía y yo me encontraba en la mía sin él. Una ola de tristeza atravesó mi pecho, pero antes de hundirme en el tormento, olfateé siguiendo la huella que dejó su fragancia. Embelesada en su recuerdo, volví a respirar profundamente. Sus brazos, suspendidos en el ambiente, me cubrieron de encaje rojo, evocando la pasión que horas antes nos había devorado. Me levanté tanteando la oscuridad. Torpemente caminé hacia el lugar donde antes me había desnudado. Palpé la superficie de la butaca buscando alguna de las prendas que me puse la tarde anterior. Cogí más de una y antes de acercarlas a mi pecho, pude distinguir su aroma varonil. Las abracé fuertemente mientras dirigía la naricilla hacía la tela para capturar hasta la última gota de su deseo consumado. También agarré la lencería de seda que aún seguía empapada en lujuria. Su olor se mezclaba con el mío, recordándome el mar de pasión donde estuvimos sumergidos horas antes. Pero  la ropa no fue la única que retuvo parte de la fogosidad derramada, también lo hizo mi piel y mis entrañas. Volví a acurrucarme, giré la cabeza hacia el hombro y lo lamí intensamente. Me supo a él, a su boca, cabello, piel y sobre todo a su sexo maravilloso. Mientras me recreaba en aquellas sensaciones que tanto me habían gustado, me di cuenta que mi interior más estrecho aún abrazaba su fluido lechoso. Cada poro rezumaba sexo, potente y delicado, pero sobre todo genuino. Recordé cada minuto de nuestra velada. Comenzó escudriñando con sus manos cada palmo de mi piel, buscando la respuesta en un gesto, respingo, gemido… aullido de pasión o simplemente en un susurro de placer. Gracias a él volví a reencontrarme, a ofrecerme sin tapujos ni disimulos… volví a caminar por el lecho con plena naturalidad, es decir, ardientemente escandalosa. ¡Dios, fue magnífico! Primero la atracción física, que invita al deseo tan sólo por lo que estás viendo… ese cuerpo que te gusta, seduce y provoca la necesidad de disfrutarlo. Y segundo... ¡Me cago en satanás! ¡Cuando comprobé cómo estaba su falo, de enardecido acero, sin haberlo blandido antes por esos lugares tan socorridos, me puso tan cachonda que no me quedó más remedio que ser yo misma! Enloquecida por el deseo... Escandalosa por el torrente que en mí provoca y que si no le doy escape, acabaría  conmigo. No es nada, pero dicen que es una de las premisas para que dure y dure… dura.
 
 

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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.