8 de noviembre de 2015

El último deseo



La mañana despierta soleada en este otoño de ocres intensamente prematuros, de brisa fresca que aventura una sorpresa… intrigante y ambiciosa. Sorpresa que me acerca cada día un poco más hasta su voz excitante… manos que me agitan y avivan en el retiro de la noche mientras amanezco con las mías anegadas en deseo, con el sexo aún palpitante y dolorido por el placer que me provoca imaginarle sobre mi piel… usándome a su antojo por dentro y por fuera. Sorpresa de  entregarme a su piel salvaje…
Apenas me separan unos días, momentos en que le imagino y tiemblo… instantes de húmedos deseos, de ganas de saberme suya.
No negaré que siempre me han gustado las sorpresas espontáneas… gratas, ardientes y salvajes. Tampoco negaré que siempre he caído rendida ante la mano que me guía, enseña y arranca hasta el último suspiro que me quede de vida... ante esa fascinación de sabernos punto de nuestras miradas, diana de los deseos y liana de los desenfrenos. Y me da lo mismo que sea de negro perverso o de blanco virginal, de rodillas o de pie, con ligueros de puro vicio o desnuda con collar de cuentas… siempre que seamos dos, sólo dos unidos por el mismo deseo: Tú y yo.
Y tampoco negaré que, después de todo y de todos… a éste lo he dejado para el final… este es mi último deseo, el más buscado y… temido… como una gatita vestida de rojo teme a su Lobo feroz.





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Tus palabras son las huellas que dejas en los senderos de mi Jardín... palabras que se quedan cuando son sinceras.