23 de julio de 2017

La malquerida

 
Habiéndose olvidado del tempo,
La malfollá rememoró
cada minuto desnudo.
Llegó con lo puesto:
un pájaro en la mano
y ciento volando…
Sin prejuicios establecidos
ni juicios preconcebidos…
sin saber volar se dejó llevar.
Asida de la mano tendida,
que a limpio floral le olía
y a hierba buena le sabía,
La malquerida se dejó llevar.
Y como un lienzo en blanco…
Se dejó grabar.
El cincel del Maestro novicio
parecía moldear con vicio.
Sus manos se movían rápidas
mientras esculpían la talla querida.
O lentas cuando en ella detenidas
se recrean en la curva del deseo.
Orgullosas de la boca recién creada,
satisfechas de la obra modelada con los dedos,
el tiempo pasaba sin que huyera de las manos.
Aparentaba encontrarse perdido en un sueño.
Sin parar de tallar ni de hablar,
La malfollá nacía de su paladar.
Y nació a su imagen y semejanza
Y creció a golpes de cincel,
entre susurros y dulces gemidos,
confesiones y promesas de sabor a miel
bajo la falsa apariencia de su otra piel.
Miel en la boca
Y en la entraña hiel