Nunca fue su circunstancia


Seguro que has repasado cada punto de tu circunstancia. Sin duda lo habrás hecho más de una vez, desgranando cada acento con cara de incredulidad. Habrás intentado negar la evidencia deteniéndote en cualquier punto y… aparte. Pero ahora te suspenden los puntos sucesivos que muestran la nota real del examen. De entre todas las alumnas fuiste la más aventajada, quizá porque te reclutaron la primera… O ¿quizá no? Rápidamente supiste ver de qué “molde” provenía, quizá porque se había formado con el mismo “código” que tú… O ¿quizá no? Pero ambicionaste demasiado, más de lo que te correspondía, quizá porque tu arrogante y frívola vida deseaba obtener una talla a la que jamás podrías llegar. O  ¿quizá no? Lo cierto es que fuiste la primera presa del lobo con piel de astracán, como tú le describiste -buena definición. En esta ocasión diste en la diana- O ¿fuiste la segunda? Ahora te lo preguntas… cuando antes no lo hacías. O es que ¿nadie te veía? Recibiste todo, pero no te bastaba. Lo más importante faltaba. Quisiste ocupar el trono de la reina y aunque te hicieron creer que lo tendrías, en tu caminar descubriste -sola ante el espejo- que su circunstancia no era aquella que confesaba ser. O ¿quizá sí? Quizá hubo un tiempo… pero la espera, cada vez más eterna… los actos, cada vez más alejados de las promesas, hicieron que dudaras de ese rosario de afirmaciones que te dedicaba noche tras día. Te negabas a reconocer aquellos latidos fugados de un corazón que embaucaba con actos y palabras muy bien calculadas. La esperanza te abandonó, dando paso a la impotencia... O ¿quizá no? El caso es que, por una u otra razón,   fuiste la única que atacó sin miramientos a un reino que no conocías, inocente e indefenso... ajeno a ese mundo de hipocresías y miserias.

Una vez más, el lobo real se había reinventado para saciar su ego malicioso con la sangre de un inocente. Acechando tras la maleza, esperando el momento oportuno mientras movía los  hilos perniciosos de su falacia.  Inteligencia y sagacidad, egoísmo y falsedad, interés y vanidad, cortesía y ambigüedad… Unidos conforman un cóctel atractivo, brillante y cercano, capaz de engañar el paladar más experto durante… años.
 

Desde su reino, ella seguirá mostrando la balanza de la equidad, dudando de la imparcialidad de una sola voz que halague a los presentes y ataque a los ausentes. Lo más probable es que esa voz oculte datos importantes, a la vez que expela falsos testimonios, con el único propósito de beneficiarse en uno u otro sentido, sin importarle el daño que pueda causar. Hace tiempo que la dama del reino juró que jamás cambiaría los pilares que sujetan sus principios y aquellos valores que abalan su forma de amar y de actuar. Jamás vivirá como lo hacen los lobos con piel de cordero... jamás actuará como tú lo hiciste.
 
Al final de ese camino, lleno de maquinaciones tortuosas que bien recuerdan a la época más decadente del Imperio romano, y tras el larguísimo recorrido, se abrió de nuevo su valle de extensas praderas, de aire puro y brisa fresca. Atrás quedaron los mezquinos y malhechores, aunque sus múltiples cicatrices siempre le recordaran que debe guardar sus espaldas de hipócritas traidores. Desde la serenidad de su valle, sin tormentas, con las aguas calmadas y los actores lejos, la dama blanca piensa que ha llegado el momento de despegar los labios, sellados durante años, y desvelar la verdad sólo en una declaración. Según sus palabras... "porque es la única espina que me queda clavada de aquella época injusta y despreciable"

Cerradas las heridas, el daño está hecho. La dama rehace su reino protegiéndolo con nuevas defensas, levantando muros que hasta entonces jamás pensó que necesitaría. Ahora desconfía y ya no se despista. Mientras, el viento le trae los quejidos de un lobo -ahora desnudo- que aúlla su pérdida.



 

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